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jueves, 20 de agosto de 2015

No te enamores








Cuando te enamores recuerda hacerlo sin darte cuenta cómo o cuándo. Procura evitar enamorarte de un hombre raro. Esos que están lejos de ser promedio. Que se levantan cada mañana buscado conquistar una causa más grande que ellos mismos. No te enamores de un hombre que está dispuesto a pelar por lo que quiere. Ya solo saber lo que alguien quiere no es suficiente. Las mujeres como tú saben que eso no alcanza.
No te enamores de un hombre que mire a los ojos sin titubear. Uno que apriete las manos fuerte para dar seguridad, pero con toda la gentileza que una dama merece.
Cuando te enamores recuerda hacerlo sin darte cuenta cómo o cuándo. Procura evitar enamorarte de un hombre que deteste pasar largas horas frente al televisor. No te enamores de un hombre que no pueda vivir sin libros. Uno que sea tan anticuado como para amar la poesía y encuentre en ella la expresión máxima del lenguaje. Cuida de no enamorarte de un hombre que sepa que cuando son acompañadas por acciones, las palabras tienen el poder infinito para tocar y abrazar el alma.
No te enamores de un hombre que escriba. Uno que sepa decir las palabras precisas que no sabías que siempre quisiste escuchar. No te enamores de un hombre que ame conversar. Hablo de esos con los que puedes hablar cualquier tipo de tontería y luego abordar conversaciones serias y profundas.
Cuida de no enamorarte de un hombre que sepa hacerte reír. Uno que te enseñe a volar más alto que tus miedos e inseguridades. No te enamores de un hombre que desafíe tu fe y rete a creer por más.
Procura no enamorarte de un hombre imperfecto. Uno que lucha con sus propios dragones y fantasmas todos los días. No te enamores de un hombre que conozca sus miedos y no los esconda. Hablo de los que entienden sus limitaciones y aún así deciden ignorarlas porque saben que no hay nada imposible para el que cree.
No te enamores de un hombre que emprendió su propio viaje, porque la incertidumbre lo ha de acompañar siempre. Es demasiado inquieto como para abrazar la rutina. El camino que escogió recorrer es largo. Sin embargo siempre habrá un lugar para dos.
No te enamores de un hombre que hace de su vida toda una aventura. Uno que no tiene todas las cartas, pero que sabe usar las que la vida le dio.
No te enamores de un hombre que no deja de ser un niño que sabe reírse de si mismo y que hace reír a los demás. Cuida de no enamorarte de un hombre generoso que busca la justicia.
No te enamores de un hombre loco y atrevido. Uno que se embriague con los colores del atardecer. No te enamores de un hombre que sienta una fascinación por las estrellas y el cielo. Que ame caminar entre árboles. No te enamores de un hombre que abrace en silencio. Sabrá decirte muchas cosas sin hablar.
Cuida de no admirarlo demasiado porque cuando lo hallas hecho y sin haberte dado cuenta de cómo o cuándo, ya te habrás enamorado, y de hombres cómo él no se regresa.



domingo, 7 de junio de 2015

Supongamos


Ella estaba sujetando su mano con firmeza, como queriendo fundir su palma con la suya. Él por su parte deslizaba su otra mano desde su espalda, con la facilidad de un río libre que corre en su cause, hasta llegar a su cintura.

Yo por mi parte observaba entre la multitud, en silencio. Yo no escuchaba el murmullo de la gente a mi alrededor y lo que decían, y si acaso lo llegué a escuchar lo ignoré por completo. Solo el rebote de las cuerdas de ese viejo violín me acompañaba de lejos. La delicada incandescencia de las velas facilitaban el juego de sombras. Nadie notaba el rastro de las lágrimas sobre mis mejillas.





Estoy seguro o al menos supongo esa no había sido la primera vez que se tomaban así de las manos. Pero dudo que si antes pasó así, ella haya tenido el mismo brillo de la luna en sus ojos.  Él pareciera alcanzar el cielo y sentirse por primera vez pleno. Era como si de pronto en la sonrisa llevara la fuerza de todos los cometas del espacio y muy en lo profundo de esos ojos negros supiera que ese instante era apenas sólo el comienzo.

Ahora en mis tardes melancólicas no me queda otra cosa que suponer. Suponer que el tiempo no es como lo dibujan las agujas del reloj. Que esos días que duraban horas me alcanzarán para los recuerdos en dónde me sobran las intenciones por rebuscar en ellos emociones que me son nuevas.

Me toca suponer que las flores que le di fueron suficientes para hacer de su corazón fértil un jardín de rosas de colores. Quiero suponer que el aroma que tengan mis recuerdos en sus ojos la embriagan de paz y esperanza.

Mis domingos por la tarde son de música. Ella ahora no baila conmigo, al menos no como en el pasado. Bailan conmigo ahora sólo mis recuerdos dichosos en esta amplia y vacía sala.

Cuando siente miedo ya no es mi boca la que escucha susurrándole al oído. Ahora escucha a otra voz. Sin embargo le quedan esas memorias mías que aún conserva, las que le hablan por mi. Su nuevo hogar son otros brazos que sujetan más fuerte que yo y es así como debe ser.

Quizás sea por eso que esa noche, hace ya dos años,  en la orilla de la playa ella sujetaba su mano con firmeza, como queriendose  fundir con la suya. Él por su parte deslizaba su otra mano desde su espalda, con la facilidad de un río libre que corre en su cause, hasta llegar a su cintura.

Yo tenía el corazón ensanchado de una emoción ardiente. La delicada incandescencia de las velas facilitaban el juego de sombras. Nadie notaba el rastro de esa alegría líquida que me recorría el rostro. De manera muy gentil borre las lágrimas de mis ojos. Ella debía saber que estaba orgulloso. Debía saber que estaba feliz. Hoy estoy aquí sonriendo, como esa noche.

Hoy mi sonrisa es mucho más grande. Tiene el peso de una nieta.


domingo, 31 de mayo de 2015

El color del Silencio



Como Martín no estaba dispuesto a responder, ella, después de observarlo fríamente, fue a coger su sombrero. Él, contra todo pronóstico, permaneció de pie, inerte.

No era la primera vez que tenía este tipo de conversación, si acaso un monólogo y un par de monosílabas de respuesta pueden hacer una charla decente. Era más fácil esperar granizo en otoño que su pretendiente la sorprendiera. Sin embargo Martín no se perdería por nada el acto de Ballet de Elena. 

Al salir del banco sin falta cada viernes  a las ocho de la noche era el primero en entrar para ocupar la primera fila del teatro. Su fascinación era verla bailar con tanta delicadeza y exactitud. Esto habría sido lo más cerca a tocar como Mozart o Frédéric Chopin. Como si eso no le bastará a la vida, Elena también cantaba, escucharla era tan fresco como una leve llovizna en verano. Lo tenía casi todo.

Esa noche de octubre, como ya era de costumbre al finalizar cada presentación, fueron al Café Margot. Caminaban por las amplias calles de Buenos Aires. El cielo era oscuro y de nubes ausentes. Elena en silencio se ajustaba los guantes. Martín sabía que ella necesitaba saber que pasaba dentro de él. Sabía que todas las cosas en la vida tiene una fecha de caducidad y a él no le quedaba mucho tiempo.

—Pasen adelante. —el portero abrió la puerta. Ambos entraron a sentarse a la misma mesa de siempre.

Elena, que ya no se podía contener más, habló. Esa noche estaba decidida, tenía que saber que pasaba entre ambos.

—Yo ya no sé si podemos seguir así. 
—Me duele no hacerte feliz —dijo pausadamente—. No sé que debo hacer.

La muchacha dejó escapar un suspiro. El mesero sirvió el café a ambos, en silencio. Logró notar algo diferente esa noche. Al ver que ninguno de los dos decía palabra alguna, sonriendo se retiró.
—Martín, ¿Vos querés que lo diga yo? —preguntó con cierto enfado. 

Elena había resuelto tomar la iniciativa. Sí eso no fuera suficiente esa noche sabría que sería en vano esperar algo de él. Martín no respondió. Elena inhalando lentamente y sujetando las manos húmedas de su amado, continuó.

—Soy la respuesta a esa pregunta que no te atrevés a hacer. —apretándole las manos se encogió de hombros—. Te miro a los ojos y estoy en ellos. ¿Por qué no puedo estar en tu boca y tus actos?
—Quisiera ver las cosas más claras. Todo es oscuro y no logro encontrar el camino para avanzar.
—Tengo estrellas de respuesta para cuándo la noche sea tu pregunta.

Finalmente una sonrisa diminuta apareció en el rostro de Martín. Sabía que tenía un esperanza, aunque él ya había tomado una decisión.
—Creo que es mejor que nos dejemos de ver por un tiempo —trató de decirlo como que si no le afectara—. Creo que ya no iré a escucharte cantar y a verte bailar.

Elena le soltó las manos. No podía creer lo que estaba escuchando.
—Cuando dejés de escucharme cantar te va a dar frío.

La muchacha exhaló un pesar amargo. La velada se había terminado, casi igual que siempre. El banquero acompañó a la muchacha a su apartamento, con un tímido y torpe beso en la frente se despidió de ella.
El mes que acordaron no verse fue una eternidad tan efímera. Martín hubiera querido tener más tiempo para tomar su decisión. Ésta era la definitiva y necesitaba todo el tiempo que los relojes y los calendarios pudieran ofrecerle. Elena por su parte ya no sabía que esperar. Quería renunciar a él por completo, pero no podía. 

Se había hecho así misma una promesa. Un último mes, solo uno. El último. Martín dejó de acompañarla los viernes por la noche, necesitaba el tiempo y su espacio para  saber que hacer con eso tan fuerte que tenía adentro. Eso que sentía por Elena, la muchacha que acariciaba su entorno al bailar como la espuma del mar acaricia la orilla.


La noche de noviembre llegó, y tal y como lo habían pactado. Ambos se encontrarían en el Café de siempre, después de la presentación de Elena. Al dar las seis de la tarde Martín se dirigió a su casa, necesitaba una ducha caliente y relajarse antes de hacerle saber su decisión. Elena fue la primera en llegar. El portero se sorprendió al ver a la muchacha llegar sin compañía. 

A él no le extrañara que no llegará con Martín, después de todo el banquero era un boludo y no se merecía estar al lado de una muchacha tan guapa. Al portero le extrañaba que Elena no llegará con alguien más, con otro pretendiente. Cualquiera hubiera pagado incluso por un pedazo de cielo por tomarla de la mano.

Elena se sentó en la mesa y esperó. Después de media hora pidió un café. Si alguna virtud tenía Martín era su puntualidad. Es por eso que Elena no dudaba que fuera la respuesta que le diera Martín, él había prometido estar allí a las ocho de la noche ese viernes, con el corazón resuelto. Pero no fue así no llegó.


Martín salió de la ducha, rapidamente se cambió y como tenía tiempo de sobra pensó que sería una buena idea caminar desde su casa hasta el Café Margot. Se tronaba los dedos, empuñaba la mano y balbuceaba algunas palabras como ensayando lo que estaba por decir. Había caminado unas doce cuadras cuando dobló en la esquina derecha, buscando un atajo con tal de llegar a tiempo, antes del tiempo estipulado. Era mejor así, estaría menos nervioso. Justo cuando pasaba debajo de graderío y en medio de la oscuridad escuchó a alguien pronunciar su nombre con burla.

—¿No sabés que es de mal gusto entrar en la propiedad ajena?
Un drogadicto se acercaba a él con un cuchillo en mano. Caminó lentamente hacia Martín que temblaba de pánico. El asaltante colocó el cuchillo en el cuello de Martín y con un aliento putrefacto habló.

 —Sos muy poca cosa para Elena.

Inmediatamente Martín ató cabos. Era Ivan, el viejo compañero de secundaria de Elena.  Un perdedor que nunca había sido correspondido por ella. Uno que nunca la había olvidado. Uno que odiaba a Martín más que nada.

Elena por el otro lado, resignada esperaba los últimos cinco minutos en silencio. La ausencia de su sonrisa era el producto de otra voluntad. Una cobarde, huérfana de hombría.

Martín entró corriendo, agitado. Sudando frío, con el pecho hirviendo. Tenía sangre salpicada en el rostro y en las manos. Elena quedo petrificada ante tal escena. Martín se acercó a ella.

—Perdonáme por no haber luchado antes por ti —hizo una pausa, hablaba con dificultad y le costaba respirar. Llevó sus manos ensangrentadas al rostro de Elena y continuó—. No tengo la fuerza para lanzar una piedra que alcance la luna pero mis manos pueden tocarla. Te amo.

Afuera se escuchaba una sirena. Cada vez más cerca, su sonido cada vez más fuerte.

—Es la policia. Vienen por mi.




miércoles, 6 de mayo de 2015

El peso de las cosas

Cierro los ojos.
El mundo se apaga afuera, adentro está encendido.
El techo es amplio y por el tiempo que dura la noche, todo cabe en él. 

Lo miro todo y todos los colores. Las imágenes se mueven y cobran vida. Estoy en Milán y si algo me falta esta noche es sueño, sin embargo con un poco de astucia logro burlar al insomnio, y sin darme cuenta cómo y cúando dejo de estar consciente. Estoy durmiendo.

La mañana de ese día caminé por la Plaza del Doumo, entusiasmado por dar mis últimos pasos en Italia. No corrí como loco de un lado para otro, como lo había hecho en días anteriores, buscando visitar todos lugares que las horas de ese día me permitieran conocer. Solo caminaba un par de cuadras y me sentaba en las bancas que encontraba. Disfrute de unos tres helados. Almorcé en la esquina derecha de la plaza, la que muestra la parte trasera de la Iglesia. Escuche las últimas canciones del grupo de tres violinistas y me deshice de los últimos tres euros en monedas que tenía. Luego el atardecer me sorprendió frente al Castello Francesco. Allí me quede esperando que el sol se escondiera, como si del otro lado del mundo ya lo esperaran. Apagando su lucecita desapareció.





Despierto con el pecho frío. Son las cuatro y media de la mañana y me tengo que bañar antes de partir. Baje el elevador una sonrisa, como la  del niño satisfecho después de la pizza. Me despedí de la recepcionista y salí caminando a la parada del metro. Vuelvo a la Plaza del Doumo, esta vez en busca de un taxi. 

En el aeropuerto no muy mucha gente y eso me sorprende. Me acerco a la fila, la cual tendrá unas diez personas haciendo cola. Sorpresivamente me doy cuenta de algo. Ninguna persona de la fila cuenta con equipaje. Nadie. Eso me incluye.

No recuerdo haber dejado el hotel sin maletas, me duele la cabeza y llevo mis manos a mi frente, entonces me doy cuenta que lo único que tengo en la mano es el pasaporte. Lo   que hace que esto todavía sea más extraño y reconfortante a la vez,  es que nadie, sin excepción alguna tiene equipaje.

Adelante de mí está una pareja de rusos. No están discutiendo pero seguramente no están contentos el uno con el otro. Pienso en preguntarles qué pasa y porqué nadie cuenta con maletas, pero yo no hablo ruso, tampoco intento hablar en inglés, su rostro ya parece muy hostil y ella empieza a alzar la voz.

El oficial llama uno a uno a los pasajeros.

—Il prossimo

Los pasajeros muestran sus pasaportes y tickets de embargue. El oficial examina detalladamente sus rostros comparándolos con la imagen en la foto. Es como si alguien lo intentara de engañar. No lo entiendo.

Una vez se ha terminado de verificar el pasaporte las personas dan dos pasos adelante y se colocan justo sobre el círculo amarillo del centro, donde casualmente esta el lumbar o la maquina esa que verifica que uno no lleve objetos de metal. Lo raro del caso es que nadie se quita su cinturón, reloj o llaves. Tampoco las cadenas y aretes. Eso pareciera no importarles en este aeropuerto. Yo estoy confundido porque no entiendo nada de lo que está pasando, tampoco ese ruido. La maquina solo emitía dos tipos de sonidos diferentes.

El primero era largo, el segundo era más corto e intermitente. La mayoría de las personas protestaban al pasar por la maquina, cuando está producía el segundo sonido. Miré a mi alrededor para ver si encontraba algún rostro amigable para preguntarle que era lo que pasaba. Pero atrás mía no había nadie y todos al rededor parecían demasiado ocupados. La gente pasaba muy rápido y cuando me di cuenta estaba ya en la línea y era el próximo a pasar. Adelante de mí estaban los rusos, ya habían dejado de protestar, sin embargo, y como la gran mayoría hicieron un gesto de malestar al escuchar el segundo sonido, el más corto e intermitente.

Justo antes de pasar al frente alguien me tomó de la mano. Era una niña con una pulsera dorada en la mano. Estaba sonriendo y parecía muy tranquila, como todos los niños de seis años que no tienen de que preocuparse.

—Ya casi es tu turno —me señaló el circulo amarillo del suelo.

Le pregunté que era ese sonido y porque ninguno de nosotros llevaba consigo sus maletas. Me dijo que no hacía falta, que el equipaje lo llevábamos dentro. Me explicó que el segundo sonido significaba exceso de peso, que si la maquina hacía ese ruido tenías que pagar una multa por llevar peso de más. Cuanto más peso tenías más alta era la sanción. Yo no entendía a que se refería, si todos viajábamos ligero, sin cosas.

Ella me volvió a corregir. Me dijo que exceso de equipaje lo llevábamos dentro. Ese exceso de peso eran aquellas palabras bonitas que nunca dijimos por miedo a arrepentirnos. Que los abrazos que nos ahorrábamos eran los que más pesaban. Que las sonrisas que no provocamos en otros ocupaban mucho espacio y que hay que compartirlas. El resto lo entendí solo. Todo aquello que por temor a fracasar o perder no compartimos con otros también pesaba, y mucho.

Me paré justo en medio del círculo, el corazón me empezó a latir más rápido. La maquina sonó.

Despierto con el pecho frío. Son las cuatro y media de la mañana y me tengo que bañar antes de partir. Baje el elevador agitado, como un niño exhausto después de una carrera. Me despedí de la recepcionista y salí caminando a la parada del metro. Vuelvo a la Plaza del Doumo, esta vez en busca de un taxi que me lleve al aeropuerto. Traigo conmigo el equipaje que necesito.





domingo, 25 de enero de 2015

Entre hojas, flores y pausas

La idea inicial de blog Festina Lente fue concebida como un espacio donde pudiera publicar un cuento semanal. En una entrada publicada el año pasado explico más a detalle el porqué de un cuento semanal.

En el camino me ganó la indisciplina y el ejercito de distracciones a mi alrededor me impidieron apartar un espacio para escribir y dejé el blog en pausa. A finales del año pasado me propuse ser intencional a la hora de escribir y publicar semanalmente un cuento. La verdad es que no estoy seguro de que se trate este blog. Algunas ocasiones publicaré cuentos o pequeñas historias y en otras ocasiones solo será algo que tenga en la cabeza. Después de todo el blog es experimental y en éste espacio espero encontrar mi voz para escribir. Ya lo decía  Horacio Quiroa mucho tiempo atrás, encontrar su propia voz al escribir es un camino largo. Cada publicación de un domingo por la noche busca ser un pequeño paso de esa maratón.








La semana pasada fue el cumpleaños de mi abuelita. Cumplió nada más y nada menos que ochenta y nueve años, y aún así conserva el vigor y las ganas de vivir. El día de su cumpleaños fue la presentación del proyecto final de la Universidad. Mis amigas y yo obtuvimos la nota más alta de la clase. Sin embargo estuve un tanto triste por no poder acompañarla en ese día tan especial.

Fue por eso que salimos a almorzar ayer. La llamé desde temprano y sin titubear aceptó mi invitación. Durante el almuerzo escuche como recordaba sus días de infancia al lado de sus tres hermanos. Todas las historias y recuerdos que narró ya eran conocidos para mi. Mi abuelita tiene ese costumbre de repetir las historias, de igual manera la escuché. Hablamos un poco de la universidad y de mi proyecto. Se alegró mucho al saber que mis amigas le mandaban saludos y deseaban verla pronto, otra vez. Quizás en vacaciones en la cabaña de papá. 

Inicialmente había pensado en comprarle algunas flores y llevarlas a a su casa al momento de recogerla, luego pensé que lo mejor sería que ella misma escogiera las que le gustaran más y eso hice. Después de todo yo también quería comprar algunas para adornar el jardín de la casa. Al terminar de almorzar la lleve al vivero. Nos tomaba mucho tiempo avanzar, ya los años pesan, pero las ganas de caminar le sobran. Se rehusa a usar una silla de ruedas, seguramente porque caminar la hace sentir viva, aunque le cueste.

Al momento de entrar al vivero vi como sus ojos negros brillaban intensamente. Hacía el esfuerzo por respirar profundo. Amaba las plantas, las flores y el silencio. Caminamos unos veinte metros haciendo pequeñas pausas cada dos o tres pasos. Insiste en usar la silla de ruedas. Ella insistió en rechazarla, el bastón y mi brazo eran suficientes para ella.

––Descansemos acá.

Hizo un esfuerzo y un pequeño gemido al momento de recostarse sobre una de las bancas de madera. Teníamos dos horas de sol antes de que este se empezara a esconder. El único susurro que se escuchaba era el del viento que acariciaba sutilmente las plantas y las flores como la espuma del mar a la orilla. Suspire profundamente. Respire verde, dulce y humedad.

––¿Qué paso?  ––contemplaba la belleza de las flores sin mirarme.
––¿A qué te refieres? ––pregunte un poco sorprendida––. No pasa nada.
––Se te nota en los ojos y  lo sabes. A mi no me vas a engañar

Durante un tiempo en el almuerzo me pregunté si acaso lo había notado. Estuve esperando que mencionara algo al respecto, pero no lo hizo. 

––Ya no se que pensar ––respondí con desgano.
––¿No sabes qué pensar o qué hacer? ––seguía sin verme a los ojos.
––¿Hay alguna diferencia?
––Eso depende de que sientas cuando estás con él. De lo que sientes cuando no estás cerca de él.

Mi corazón empezaba a agitarse. Mi abuela me conoce demasiado, era una perdida de tiempo  tratar de fingir algo que era tan evidente. Pensé durante unos instantes que responderle, hice un esfuerzo por construir una frase que denotara como me sentía al estar con él, aunque lo viera muy poco.
 ––Allí estoy, sentada en la esquina de su sonrisa más gentil ––hice una pausa sonriendo––. Divago entre tomarle la mano o solo recostar mi cabeza sobre su hombro.
 ––¿Y?  ––ahora me veía.
 ––Solo ––me encogí de hombros––. Nos vemos muy poco por su trabajo.
 ––La distancia es nada cuando los ojos se abrazan.
––Decís cada cosa. 
––¿Cómo te mira? Tú sabes  a que me refiero.
––Sus ojos me invitan a soñar cosas bonitas ––me sonrojé un poco–– ¿Cómo lo saco de mi cabeza si cierro los ojos si lo llevo dentro de los párpados?
––¿Para qué lo querrías fuera de tu cabeza? ––mi abuela sonreía.
––No sé, es un decir. 
––¿Te ha besado o porqué es que está tan presente en tí?

Ese día tenía que regresar después del almuerzo al trabajo. Pero eso poco me importo, la rutina del día y las ocupaciones diarias de la vida me dejan sin tiempo para ver a mi abuela más seguido. Ese día era la única oportunidad que tenía de verla y escucharla hablar era un lujo que no podía darme todos los días. Por lo tanto respire y respondí muy despacio mientras imaginaba y recordaba cada palabra que decía.

––No, pero mi alegría es oir el sonido de sus labios en mis mejillas ––presionaba suavemente los dientes a mi labio inferior a medida que terminaba de responderle––. Eso es suficiente.
––Veo que no hay mucho que decidir entonces, estás enamorada.
––No estoy segura de eso y menos si el lo está. Nunca ha dicho nada abiertamente ––ahora era yo la que miraba fijamente las flores–– de algo sí estoy convencida y es que su sonrisa tan genuina me toca el alma.

El atardecer empezaba a aparecer  y con el, mis ganas de verle otra vez.

––En vano trato de evadir su voz si lo escucho cuando lo leo.
––Bueno entonces es cuestión de tiempo. Estoy seguro el siente lo mismo.
––¿Cómo saberlo? ––pregunte consternada.
––¿Qué es lo que sabes? ––mi abuela tenía la costumbre de responder con una pregunta.
––Solo sé que cuando me abraza al despedirse, lo hace en silencio y sin pausas. Aunque sea por un instante.
––Eso es todo lo que tienes que saber por ahora querida ––sus pequeñas manos arrugadas acariciaban mi rostro.


Quería saber más, pero eso es todo lo que tengo por ahora. Las personas del vivero empezaban a abandonar el lugar y allí estaba sentada sintiendo como tocaba las nubes con los pies sobre la tierra.


––Hay mil ventanas para inventarse una vida juntos. Por ahora solo sonríe. Él está sentado en la otra esquina de tu sonrisa y viene hacia a tí.

Ya era tarde. El vivero estaba apunto de cerrar y yo ya llevaba a casa las flores que necesitaba.



domingo, 11 de enero de 2015

Pintores o escultores



photo credit: dr.snitch via photopin cc


Las historias importan porque cuentan algo. Importan  porque relatan un suceso, una vida y la memoria de ésta. Importan porque ocupan tiempo y espacio, pero sobre todas las cosas importan porque despiertan emociones. Crecí  en medio de hojas de papel con vidas ajenas de las cuales fui parte. Creí en medio de paisajes mentales y en medio de hombres y mujeres que nunca vi, pero que tuve la dicha de conocer a través  de eso que decían de ellos. 

Estoy convencido que un libro puede ser uno de los regalos más románticos que se puede obsequiar. Los libros son ramos de rosas y hojas que no se marchitan con el tiempo. En ellos se encierra la invitación a un sueño de ojos abiertos. Muy pocas cosas tienen el poder de abrazar sin tocarte, como escucharle narrar las historias y las letras que brotaron de sus dedos, mientras la intensidad de su mirada invade ese océano de secretos,  de ilusiones y anhelos no contados que brotan desde adentro y se dejan ver por los ojos, haciendo evidente una espera tierna que mira al cielo en silencio. 

La época navideña terminó y con ella vuelve a nacer la intención de marcar un nuevo inicio y escribir una nueva historia. Se nos olvida que ésta está presente e ignorada cada atardecer del año. Todos quieren ser arquitectos de su propio destino, pero nadie quiere ser el albañil del mismo.  Nada está escrito si no se escribe y mientras no se plasme en palabras labradas por acciones aquello que queremos,  seguiremos siendo soñadores de realidades ausentes, cuando podríamos pagar el precio de ser el o la protagonista de nuestros sueños. Obreros o carpinteros. Pintores o escultores. Sin importar lo que nos halla tocado ser en esta vida, que los amaneceres nos sorprendan escribiendo.

Escribir tiene que ver con una elección de contar algo que todavía no ha pasado. Todos somos responsables de lo que sea que hallamos escrito en este extenso pedazo de papel llamado vida. Estamos hoy aquí y ahora y cada quien debe empezar a decidir qué clase de recuerdos desea leer, al recordar.

Escribimos todos los días, ya sea con palabras, con acciones o incluso gestos. Las posibilidades son infinitas y se empiezan contando y escribiendo una a una. Hay alguien que está buscando leerte, para entonces escribirte y cuando ese día llegue, y aún sin saberlo su sonrisa más simple se convertirá en el toque más gentil y cálido que hayas imaginado. Hasta entonces escribe.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Las Palabras





Volvía a ser de noche. En la cabaña de mi padre reinaba el silencio. 
Si el viento hubiera soplado, este habría suspirado entre el baile silencioso de los arboles del bosque y la luna habría sonreído. Si  hubiera habido música, ésta habría llenado de melodías la humeante sala. Pero no había ninguna de esas cosas, y por eso reinaba el silencio. La anciana había hablado.

Habían pasado unas cinco horas después de la cena y todas nos encontrábamos alrededor de la chimenea. Hablábamos de las trivialidades que hablan las mujeres cuando ya están saciadas hasta el cansancio y cuando conversar de tantos temas sin relación unos con otros, son las cosas que ocupan el tiempo y el espacio.

   ––Lo mismo dijiste la semana pasada.
   ––Si!  Ya no importa si el trabajo ya no te gusta o sí te queda muy lejos de casa ––confirmó Marta––. Tu jefe sabe que ya alguien más te ha ofrecido una mejor propuesta de trabajo…
   ––No es el nuevo trabajo lo que me asusta ––la interrumpió Adriana––. ¡Es la inseguridad de saber si valdrá la pena!

 Aconsejábamos a mi amiga que optara por una nueva plaza de trabajo, después de todo el año estaba por terminar y esa era una buena excusa para intentar algo nuevo. Sin embargo no todas estaban de acuerdo. Jessica, la más desconfiada de todas, persuadía a Adriana de permanecer en su trabajo actual. Correr el riesgo era una opción que no valía la pena intentar. Lo irónico del caso es que aunque casi todas la desafiábamos a nuestra amigar a ir tras una nueva aventura, creo que ninguna de nosotras en realidad lo hubiera intentado.

 El reloj hacia de las suyas y avanzaba durante la negra noche con pasitos de peón. Hablamos de muchas cosas más, reíamos de nuestras travesuras en tiempos del colegio y de muchas cosas más. Mi abuela, sin embargo, sentada en sus silla mecedora observaba fijamente como las llamas de fuego se acariciaban unas a otras con la misma delicadeza con la que se acarician el rostro los que se aman y se entienden sin palabras, en silencio. Entonces habló.

   ––Son veintidós años los que han pasado desde que murió.
Un mezcla de silencio con su tierna voz envolvió la fría cabaña. Mientras todas permanecieron inmóviles, yo sabía que esa noche mis amigas escucharían una historia que nunca olvidarían. Lentamente me dirigí hacía ella y me senté en el tibio piso de madera, frente a ella. Sin decir nada, una a una se sentó alrededor de mi abuela.
   ––¿Lo extraña mucho? ––preguntó Jessica casi con timidez.
   ––Lo recuerdo siempre ––respondió mi abuela––. Pero no es lo que ustedes piensan, no estoy triste...
   ––¿Cómo era él? ––titubeó Marta.
Antes que mi abuela pudiera responder, les dije que él era maravilloso. Siempre estaba riendo y bromeando. No se tomaba la vida muy enserio y a sus ochenta y dos años seguía igual de romántico que siempre.
   ––Tu abuelo tenía esa escasa habilidad hoy en día, la de hablarle a una mujer al corazón mientras le susurra al oído.
   ––¿Qué cosas le decía? ––le preguntó Marta con curiosidad.
   ––Por ahora diré que de alguna forma usaba las palabras precisas que mi corazón de mujer anhelaba escuchar ––mi abuela sonrió––. Tenía ese tacto, sabes. 

De pronto la media noche se hizo amplia como la primavera, había un lugar para todas las cosas. Estábamos absorbidas por el relato de mi abuela. Nos mirábamos las unas a las otras y nuestros ojos se encendían de emoción al escucharla hablar. Lo hacía con la intensidad de quién habla  lo que esta viviendo en el momento, con la misma fuerza con la que lo había amado durante cuarenta y tres años.

   ––Lo hacía siempre. Fue así como me enamoró y lo que es más importante, fue así como vivimos enamorados cada día.
   ––No todos los hombres tienen ese talento ––dijo Adriana, acostumbrada a escuchar los mismos piropos de siempre––. Es como… ––Hizo con los hombros un gesto de conformismo––. No se les ocurre algo en realidad cautivante...
   ––Enamorar a una mujer es un ejercicio de creatividad. Quédate con el que te escriba las cosas que no sabías que siempre quisiste escuchar ––replicó mi abuela––.  Sentimientos reprimido tienen todos.
   ––¿Cómo crees que lograba hacer eso? ––le pregunte sabiendo la respuesta.
   ––Su vida estaba atravesada por los libros, por lo tanto mi corazón estaba atravesado por los versos de su boca. Me tenía en una prisión de la cual no quería salir, allí dentro de sus costillas donde nacen los latidos que te mantienen viva.


Jessica, la que por lo general también era la más espontánea para hablar, llena de curiosidad empezó a hacer preguntas más personales. Ninguna de esas preguntas pareció incomodar a mi abuela. Ella siempre hablaba con soltura.

   ––Yo sé que todas se lo preguntan, pero como nadie lo hace, lo haré yo ––dijo Jessica sonriendo con picardía––. ¿Cómo besaba?
Todas atónitas del atrevimiento de mi amiga se reían con pena ajena, diciendole que dejara de hacer preguntas tan personales.

   ––Todavía recuerdo cuales fueron sus palabras justo antes de que fuera yo quien lo besara a él por primera vez.
   ––¿Qué le dijo?
   ––Tenía esa costumbre de verme a los ojos, con la intensidad de un conquistador  –– "Traigo un beso en los labios, por si quieres saber a que sabe el infinito”…me dijo  esa noche y de pronto permaneció en un silencio incomodo, un silencio que sabía manejar muy bien. No me pude resistir, lo besé.

Nadie dijo nada. Ninguna de mis amigas mostró asombro alguno, solo permanecían en silencio al igual que yo. Seguramente imaginando ese momento. Sonriendo.

   ––¿Fue para él difícil hablarte por primera vez?
   ––Seguramente, sin embargo siempre se las ingeniaba para dejarme sin palabras. Aún en cuando no se atrevía a hablarme y me miraba pasar frente a el, aunque yo afuera no lo escuchaba, él siempre me nombraba dentro de él.
    ––¿Le costó enamorarla?  ––de pronto la pequeña sala de la cabaña se había convertido en maravillosa conversación. Llena de preguntas cargadas de una curiosidad adolescente, con respuestas que desbordaban los colores de amor.

    ––No fue fácil para él, no estaba segura si de verdad lo quería intentar. Él también tenía miedo, aun así siempre me decía: "Tengo muchas dudas, pero que de todas mis respuestas, elijo tu nombre”. ¿Qué le podes responder a alguien que te habla al corazón?

   ––Cerrás los ojos, te encoges de hombros y suspiras  ––respondí como si supiera la respuesta. Mi abuela sin decir nada más asintió.
   ––¿Y él que hizo al ver que usted no le respondía nada?  ––preguntó Marta  mientras miraba fijamente las llamas de la chimenea.
   ––Nada  ––respondió mi abuela ––. No dijo nada, solo hizo lo que los párpados cerrados de mis ojos pedían a gritos. Me abrazó fuerte. Con la fuerza con la que abraza un niño a quien ama ––mi abuela hizo una pausa mientras suspiraba ––.  Quizás la eternidad aquí en la tierra sean esos abrazos que duran apenas un instante pero que abrigan toda una vida. En aquel entonces la prioridad eran esos segundos de fantasía que le robábamos a la realidad.
   

Nuestros ojos brillosos la miraban fijamente mientras nos invadía esa nostalgia salada. En silencio la escuchábamos. Mi abuela sin voltear a ver a nadie más que al  rostro de mi abuelo en cada llama, continuó.

   ––Sus ojos tenían algo que sin saberlo siempre busqué sin encontrar. En su mirada era mi mejor versión. Aunque siempre estaba rodeada de gente, sólo en su mirada encontraba el camino de regreso a casa. En ese entonces estaba llena de todo lo que me causaba desvelo. Desde que me abrazó fuerte me di cuenta que había encontrado mi hogar.

Hablamos durante horas mientras reíamos y llorábamos al mismo tiempo al escuchar a mi abuelita. Ella había aprendido de mi abuelo esa habilidad para narrarte historias que te hacen sentir la protagonista de todos sus relatos. Dejamos de hacer preguntas y solo dejamos que ella desbordara sus recuerdos sobre nosotras. Justo cuando la luna se empezaba a esconder y el sol la empezaba a espiar, concluyó:


     ––Su pasión por los libros y la palabra escrita me contagió y desde el día que murió y en la ausencia de su voz audile, al recordarlo empecé a escribir. Me enseñó que las palabras son memorables y que tienen el poder de cambiar vidas. Quien diga que las palabras se las lleva el viento no ha tenido la dicha de escuchar como las palabras tocan el corazón sin tocarte. ¿Sí lo confundí con toda la felicidad del mundo, qué voy a hacer?   ––mi abuela hizo una pausa y sonrió dulcemente   ––. Me hago responsable de nosotros. Alguien tiene que recordarnos. Su nombre es el único infinito que me cabe en la boca y en las manos.