domingo, 11 de enero de 2015

Pintores o escultores



photo credit: dr.snitch via photopin cc


Las historias importan porque cuentan algo. Importan  porque relatan un suceso, una vida y la memoria de ésta. Importan porque ocupan tiempo y espacio, pero sobre todas las cosas importan porque despiertan emociones. Crecí  en medio de hojas de papel con vidas ajenas de las cuales fui parte. Creí en medio de paisajes mentales y en medio de hombres y mujeres que nunca vi, pero que tuve la dicha de conocer a través  de eso que decían de ellos. 

Estoy convencido que un libro puede ser uno de los regalos más románticos que se puede obsequiar. Los libros son ramos de rosas y hojas que no se marchitan con el tiempo. En ellos se encierra la invitación a un sueño de ojos abiertos. Muy pocas cosas tienen el poder de abrazar sin tocarte, como escucharle narrar las historias y las letras que brotaron de sus dedos, mientras la intensidad de su mirada invade ese océano de secretos,  de ilusiones y anhelos no contados que brotan desde adentro y se dejan ver por los ojos, haciendo evidente una espera tierna que mira al cielo en silencio. 

La época navideña terminó y con ella vuelve a nacer la intención de marcar un nuevo inicio y escribir una nueva historia. Se nos olvida que ésta está presente e ignorada cada atardecer del año. Todos quieren ser arquitectos de su propio destino, pero nadie quiere ser el albañil del mismo.  Nada está escrito si no se escribe y mientras no se plasme en palabras labradas por acciones aquello que queremos,  seguiremos siendo soñadores de realidades ausentes, cuando podríamos pagar el precio de ser el o la protagonista de nuestros sueños. Obreros o carpinteros. Pintores o escultores. Sin importar lo que nos halla tocado ser en esta vida, que los amaneceres nos sorprendan escribiendo.

Escribir tiene que ver con una elección de contar algo que todavía no ha pasado. Todos somos responsables de lo que sea que hallamos escrito en este extenso pedazo de papel llamado vida. Estamos hoy aquí y ahora y cada quien debe empezar a decidir qué clase de recuerdos desea leer, al recordar.

Escribimos todos los días, ya sea con palabras, con acciones o incluso gestos. Las posibilidades son infinitas y se empiezan contando y escribiendo una a una. Hay alguien que está buscando leerte, para entonces escribirte y cuando ese día llegue, y aún sin saberlo su sonrisa más simple se convertirá en el toque más gentil y cálido que hayas imaginado. Hasta entonces escribe.

domingo, 4 de enero de 2015

Epitafio Ausente

   


photo credit: Photomitch via photopin cc


    ––!Diles que no me lleven, Hector!  ––gritaba––. !Diles que no me lleven, fue una trampa!
    ––No hay nada que pueda hacer. Lo siento.
    ––Fue una trampa de Casimiro. El bastardo me tendió una trampa. Lo sabes, ¡Ayúdame!

Se llevaron a Manuel arrastrado por toda la ciudad, desde el puerto hasta la oficina del alguacil para ser juzgado. La gente del pueblo murmuraba y las especulaciones de lo que había pasado en puerto no eran pocas. Varios disparos, mercadería robada y un guardia de seguridad muerto era el saldo del suceso de ese fatídico lunes por la madrugada. La semana apenas iniciaba y su vida empezaba a acabarse de poquito.

La noche anterior el marinero había salido a tomar un paseo a orillas de la playa. Buscaba con algunos tragos olvidar por una noche las penas que lo agobiaban. A decir verdad, no eran penas. Era pura desesperación e impaciencia. Veinticinco años tenía el muchacho, pero su rostro lo hacía parecer más viejo. Faltaban pocas semanas para terminar su turno en ese viaje pesquero. Ya estaba exhausto y solo quería volver a descansar a casa, sin embargo aquel viaje era la promesa de un futuro mejor. Así que valía la pena el esfuerzo. Era un muchacho de trabajo decidido y audaz.

Tenía muchos amigos, o al menos eso creía. Cada viaje a las diferentes ciudades que visitaban era la oportunidad perfecta para conocer nuevos lugares por las noches mientras  esperaban la madrugada del siguiente día para zarpar. Las estrellas del cielo eran su fascinación y a menudo encontraba formas en las mismas y en las nubes. Pero esa noche quería tomar un trago. La idea de caminar por la orilla de la playa lo relajaba y con el fin de salir a tomar un poco de aire fresco salió esa noche.

Dentro del bar tocaba un viejo de pelo largo. Cantaba las canciones que se cantan en un bar y los borrachos coreaban su favoritas con devoción. Manuel pidió el mismo trago de siempre y callado frente a la barra miraba al rededor buscando algún rostro que le fuera familiar. Del otro lado, estaba uno de sus compañeros junto con dos caballeros mayores que el. Hacía alarde de sus hazañas en alta mar, mientras que sus amigos se reían burlonamente como si supiesen todas las historias. Manuel, al verlos, atravesó el bar para sentarse con su amigo que le hacía de payaso al fondo del local, junto a la ventana.

Casimiro dio voces a gritos de celebración y lo invitó a unirse a la conversación. Resultó ser que los caballeros eran trabajadores del banco de la ciudad que visitaban y amigos de antaño. Charlaron de trivalidades durante unas 3 horas. Los primeros en irse fueron los banqueros. Posteriormente los dos amigos salieron del bar camino a la pensión donde se hospedaban. Justo cuando pasaban por el embarcadero, Casimiro golpeando su cabeza pegó el grito. Había dejado la llave de su habitación en el camarote es tarde al salir de trabajar. Caminando hacia al barco le pidió a Manuel que lo acompañara a traer la llave.

   ––¿Estás loco? Mateo te va pegar un plomazo.
   ––No seas cobarde. Vamos entrar a escondidas, no nos va a escuchar. Además está dormido.
   ––Bajá la voz ––susurró molesto Manuel–– lo vas a despertar.

Eran cerca de las cuatro de la madrugada cuando el amigo de Manuel y compañero de trabajo fue por sus llaves. Pocas cosas recuerda Manuel de lo que pasó esa hora. Habrá esperado unos quince minutos y al ver que su amigo tarda en salir, decide entrar, a escondidas, esperando no ser visto por el guardia. Oscuridad, dos disparos y un fuerte golpe en la cabeza es todo lo que recuerda. Los primeros en llegar son los trabajadores del barco vecino, quienes alertaron a  al capitán del barco.

Manuel despierta tendido en el suelo con el rifle en las manos. Frente a él yace un hombre moribundo que pierde mucha sangre y pide auxilio con la poca voz que le queda. Lo que sucedió después poco importa y no hace falta decirlo. El barco está por zarpar en cuestión de horas y esto es un negocio que depende del tiempo y la marea. Alguien tiene que hacerse responsable por el muerto. El barco tiene que partir.

   ––!Diles que no me lleven, Hector!  ––gritaba––. !Diles que no me lleven, fue una trampa!
   ––No hay nada que pueda hacer. Lo siento.
   ––Fue una trampa de Casimiro. El bastardo me tendió una trampa. Lo sabes, ¡Ayúdame!

Le truncaron el futuro con el mismo fuerzo que requiere arrancar una flor del campo. Manuel, condenado a vivir en un celda hasta morirse, llora.

Llora porque es injusto y porque no hay otra cosa que se pueda hacer en una celda, sino llorar. Es un muchacho de palabra que va a morir del otro lado del mundo, sin que nadie sepa porqué y cómo.

Vive muriendo de poquito, sin cumplir su promesa y llora porque nadie sabrá donde será su tumba, y porque en el Puerto de San Blás no habrán bienvenidas ni reencuentros. Nunca regresará, no porque no quiera, sino porque no puede. Allí en el muelle lo espera su amada. El dijo que volvería.





// Nadie sabe que paso en realidad con Manuel. Ni siquiera sabemos si ese era su nombre, pero si que alguien nunca lo olvidó. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Las Palabras





Volvía a ser de noche. En la cabaña de mi padre reinaba el silencio. 
Si el viento hubiera soplado, este habría suspirado entre el baile silencioso de los arboles del bosque y la luna habría sonreído. Si  hubiera habido música, ésta habría llenado de melodías la humeante sala. Pero no había ninguna de esas cosas, y por eso reinaba el silencio. La anciana había hablado.

Habían pasado unas cinco horas después de la cena y todas nos encontrábamos alrededor de la chimenea. Hablábamos de las trivialidades que hablan las mujeres cuando ya están saciadas hasta el cansancio y cuando conversar de tantos temas sin relación unos con otros, son las cosas que ocupan el tiempo y el espacio.

   ––Lo mismo dijiste la semana pasada.
   ––Si!  Ya no importa si el trabajo ya no te gusta o sí te queda muy lejos de casa ––confirmó Marta––. Tu jefe sabe que ya alguien más te ha ofrecido una mejor propuesta de trabajo…
   ––No es el nuevo trabajo lo que me asusta ––la interrumpió Adriana––. ¡Es la inseguridad de saber si valdrá la pena!

 Aconsejábamos a mi amiga que optara por una nueva plaza de trabajo, después de todo el año estaba por terminar y esa era una buena excusa para intentar algo nuevo. Sin embargo no todas estaban de acuerdo. Jessica, la más desconfiada de todas, persuadía a Adriana de permanecer en su trabajo actual. Correr el riesgo era una opción que no valía la pena intentar. Lo irónico del caso es que aunque casi todas la desafiábamos a nuestra amigar a ir tras una nueva aventura, creo que ninguna de nosotras en realidad lo hubiera intentado.

 El reloj hacia de las suyas y avanzaba durante la negra noche con pasitos de peón. Hablamos de muchas cosas más, reíamos de nuestras travesuras en tiempos del colegio y de muchas cosas más. Mi abuela, sin embargo, sentada en sus silla mecedora observaba fijamente como las llamas de fuego se acariciaban unas a otras con la misma delicadeza con la que se acarician el rostro los que se aman y se entienden sin palabras, en silencio. Entonces habló.

   ––Son veintidós años los que han pasado desde que murió.
Un mezcla de silencio con su tierna voz envolvió la fría cabaña. Mientras todas permanecieron inmóviles, yo sabía que esa noche mis amigas escucharían una historia que nunca olvidarían. Lentamente me dirigí hacía ella y me senté en el tibio piso de madera, frente a ella. Sin decir nada, una a una se sentó alrededor de mi abuela.
   ––¿Lo extraña mucho? ––preguntó Jessica casi con timidez.
   ––Lo recuerdo siempre ––respondió mi abuela––. Pero no es lo que ustedes piensan, no estoy triste...
   ––¿Cómo era él? ––titubeó Marta.
Antes que mi abuela pudiera responder, les dije que él era maravilloso. Siempre estaba riendo y bromeando. No se tomaba la vida muy enserio y a sus ochenta y dos años seguía igual de romántico que siempre.
   ––Tu abuelo tenía esa escasa habilidad hoy en día, la de hablarle a una mujer al corazón mientras le susurra al oído.
   ––¿Qué cosas le decía? ––le preguntó Marta con curiosidad.
   ––Por ahora diré que de alguna forma usaba las palabras precisas que mi corazón de mujer anhelaba escuchar ––mi abuela sonrió––. Tenía ese tacto, sabes. 

De pronto la media noche se hizo amplia como la primavera, había un lugar para todas las cosas. Estábamos absorbidas por el relato de mi abuela. Nos mirábamos las unas a las otras y nuestros ojos se encendían de emoción al escucharla hablar. Lo hacía con la intensidad de quién habla  lo que esta viviendo en el momento, con la misma fuerza con la que lo había amado durante cuarenta y tres años.

   ––Lo hacía siempre. Fue así como me enamoró y lo que es más importante, fue así como vivimos enamorados cada día.
   ––No todos los hombres tienen ese talento ––dijo Adriana, acostumbrada a escuchar los mismos piropos de siempre––. Es como… ––Hizo con los hombros un gesto de conformismo––. No se les ocurre algo en realidad cautivante...
   ––Enamorar a una mujer es un ejercicio de creatividad. Quédate con el que te escriba las cosas que no sabías que siempre quisiste escuchar ––replicó mi abuela––.  Sentimientos reprimido tienen todos.
   ––¿Cómo crees que lograba hacer eso? ––le pregunte sabiendo la respuesta.
   ––Su vida estaba atravesada por los libros, por lo tanto mi corazón estaba atravesado por los versos de su boca. Me tenía en una prisión de la cual no quería salir, allí dentro de sus costillas donde nacen los latidos que te mantienen viva.


Jessica, la que por lo general también era la más espontánea para hablar, llena de curiosidad empezó a hacer preguntas más personales. Ninguna de esas preguntas pareció incomodar a mi abuela. Ella siempre hablaba con soltura.

   ––Yo sé que todas se lo preguntan, pero como nadie lo hace, lo haré yo ––dijo Jessica sonriendo con picardía––. ¿Cómo besaba?
Todas atónitas del atrevimiento de mi amiga se reían con pena ajena, diciendole que dejara de hacer preguntas tan personales.

   ––Todavía recuerdo cuales fueron sus palabras justo antes de que fuera yo quien lo besara a él por primera vez.
   ––¿Qué le dijo?
   ––Tenía esa costumbre de verme a los ojos, con la intensidad de un conquistador  –– "Traigo un beso en los labios, por si quieres saber a que sabe el infinito”…me dijo  esa noche y de pronto permaneció en un silencio incomodo, un silencio que sabía manejar muy bien. No me pude resistir, lo besé.

Nadie dijo nada. Ninguna de mis amigas mostró asombro alguno, solo permanecían en silencio al igual que yo. Seguramente imaginando ese momento. Sonriendo.

   ––¿Fue para él difícil hablarte por primera vez?
   ––Seguramente, sin embargo siempre se las ingeniaba para dejarme sin palabras. Aún en cuando no se atrevía a hablarme y me miraba pasar frente a el, aunque yo afuera no lo escuchaba, él siempre me nombraba dentro de él.
    ––¿Le costó enamorarla?  ––de pronto la pequeña sala de la cabaña se había convertido en maravillosa conversación. Llena de preguntas cargadas de una curiosidad adolescente, con respuestas que desbordaban los colores de amor.

    ––No fue fácil para él, no estaba segura si de verdad lo quería intentar. Él también tenía miedo, aun así siempre me decía: "Tengo muchas dudas, pero que de todas mis respuestas, elijo tu nombre”. ¿Qué le podes responder a alguien que te habla al corazón?

   ––Cerrás los ojos, te encoges de hombros y suspiras  ––respondí como si supiera la respuesta. Mi abuela sin decir nada más asintió.
   ––¿Y él que hizo al ver que usted no le respondía nada?  ––preguntó Marta  mientras miraba fijamente las llamas de la chimenea.
   ––Nada  ––respondió mi abuela ––. No dijo nada, solo hizo lo que los párpados cerrados de mis ojos pedían a gritos. Me abrazó fuerte. Con la fuerza con la que abraza un niño a quien ama ––mi abuela hizo una pausa mientras suspiraba ––.  Quizás la eternidad aquí en la tierra sean esos abrazos que duran apenas un instante pero que abrigan toda una vida. En aquel entonces la prioridad eran esos segundos de fantasía que le robábamos a la realidad.
   

Nuestros ojos brillosos la miraban fijamente mientras nos invadía esa nostalgia salada. En silencio la escuchábamos. Mi abuela sin voltear a ver a nadie más que al  rostro de mi abuelo en cada llama, continuó.

   ––Sus ojos tenían algo que sin saberlo siempre busqué sin encontrar. En su mirada era mi mejor versión. Aunque siempre estaba rodeada de gente, sólo en su mirada encontraba el camino de regreso a casa. En ese entonces estaba llena de todo lo que me causaba desvelo. Desde que me abrazó fuerte me di cuenta que había encontrado mi hogar.

Hablamos durante horas mientras reíamos y llorábamos al mismo tiempo al escuchar a mi abuelita. Ella había aprendido de mi abuelo esa habilidad para narrarte historias que te hacen sentir la protagonista de todos sus relatos. Dejamos de hacer preguntas y solo dejamos que ella desbordara sus recuerdos sobre nosotras. Justo cuando la luna se empezaba a esconder y el sol la empezaba a espiar, concluyó:


     ––Su pasión por los libros y la palabra escrita me contagió y desde el día que murió y en la ausencia de su voz audile, al recordarlo empecé a escribir. Me enseñó que las palabras son memorables y que tienen el poder de cambiar vidas. Quien diga que las palabras se las lleva el viento no ha tenido la dicha de escuchar como las palabras tocan el corazón sin tocarte. ¿Sí lo confundí con toda la felicidad del mundo, qué voy a hacer?   ––mi abuela hizo una pausa y sonrió dulcemente   ––. Me hago responsable de nosotros. Alguien tiene que recordarnos. Su nombre es el único infinito que me cabe en la boca y en las manos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Los niños




photo credit: Kat Gloor via photopin cc



Siempre me han gustado los niños y me he dado cuenta que por lo general ellos tienen mucho más que enseñarnos que un adulto, porque son libres de prejuicios y en sus ojos y sonrisa está la promesa de un futuro que es tan presente como la lluvia de invierno.

De los niños aprendi que hay que reír con soltura y sin miedo. Que si vamos a abrazar a alguien, hay que hacerlo con fuerza y sin prisa, como el niño que se aferra a quien quiere y de quien se siente suyo. Si hay que correr de algún lado para otro que sea por que vamos detrás de un sueño o de un ideal, de una causa o de nuestra pasión más fuerte y no meramente detrás de una rutina que nos deja vac

ía de anhelos cumplidos. Ellos me  enseñaron que hay que creer en las promesas contra todo pronostico, porque un niño no sabe dudar cuando se siente amado. Que si vamos a besar hay que hacerlo de forma espontánea y solo porque si…porque buscarle una razón a algo del corazón por lo general estropea las cosas. Aprendí que hay que ser el primero en decir “Te quiero”, y hay que hacerlo sin miedo y sin ningún motivo en especial, solo por que si, por que se siente adentro. Porque no es suficiente que la otra persona lo sepa, es necesario recordárselo las veces que sea necesario. Que si hay que llorar, hay que hacerlo sin vergüenza, porque las lagrimas que no se liberan lo terminan por ahogar a uno tarde o temprano. Que tu compañía es un regalo demasiado valioso y solo debe ser compartido con quien te merezca… y que donde quiera que la vida nos lleve que nos sorprenda siendo niños. Sonriendo. 



El cielo y el castillo








Así eran todas las tardes, de celajes cargados de melodías. Se juntaban cada atardecer a soñar despiertas. Corrían de un lado para otro en el jardín del edificio. Las dos niñas eran amigas inseparables. Cada día era una aventura pues creían firmemente en sus sueños y disfrutaban del oficio que les toca a  los niños, el de ser feliz. Tenían un castillo imaginario el cual era su hogar. La más grande disfrutaba recorrer los largos pasillos de aquel monumental castillo, admiraba cada pintura de las paredes, las grandes cortinas y por supuesto las majestuosas lamparas. La otra niña caminaba por los jardines colgantes. Le fascinaba encontrarse con la naturaleza, porque era allí donde se encontraba consigo mismo. Reía porque eso es lo que hacen los niños felices.

Así eran las tardes en aquel castillo que se llenaba de los colores del arco iris con la presencia de aquellas princesas que lo visitaban a diario. La niña que estaba en la torre hablaba con las nubes, les preguntaba a donde se iba la luna cuando el sol salía. Y si acaso alguna vez ambos se habían visto a los ojos dejando la distancia de un lado, porque después de todo habitaban el mismo cielo.

La otra princesa que caminaba entre los jardines era elogiada por las flores y las rosas, pues ni aun ellas con todo su esplendor podían desbordar tanta belleza como los ojos y la sonrisa de la princesita, la menor. 

domingo, 31 de agosto de 2014

Una Niña de San Marcos

 Las despedidas apestan a nostalgia y Loida lo sabe. Para su padre es tan solo otra hija que se va, que cumple con lo que le toca vivir. Loida, de seis hijas, la menor, la rezagada está por partir. Las otras cinco también se han marchado, aunque no todas a la capital. María y Josefa viven en el vecindario, cada una con su marido e hijos. Lucrecia vive y trabaja en la zona 1 en comedor. Las otras dos, gemelas, murieron al nacer.
 Los días de Septiembre se terminaron y le trajeron una noticia inesperada. Debe preparar rápido sus maletas, cosa que será fácil pues no tiene muchas pertenencias. Esa es la última noche que dormirá con sus papás.

Con el insomnio te visita, llega con planes de quedarse y Loida pasa en vela toda la noche, sin llorar, llorando en silencio. Su señora madre la acompaña a la terminal buses. Allí están las dos paradas, como vigías que se adelantan al sol, esperando a la camioneta que la dejarán sin la última hija, la más pequeña. 
––Hacés todo lo que te pidan no quiero que me vaya a llamar la doña diciéndome que le salistes chueca ––dijo la madre fingiendo que no la extrañaría. Loida, de catorce años, asintió.
Como en toda terminal de buses, todas las personas corrían de un lado para otro, como almas en pena sin saber donde posar. Loida callaba, los ojos negros delataban el oscuro miedo que tenía de partir lejos de casa. Pocas veces a sentido tanto miedo, y estás es una de esas ocasiones donde el miedo es tan real que se respira. Tiene temor de no ser lo suficientemente buena como para durar en ese lugar a donde va. Tantas preguntas… ¿Cómo será la familia? ¿Serán buenos? ¿Les caeré bien? ¿Qué voy hacer? ¿Dónde voy a dormir? ¿Cómo me trataran los señores de la casa?, demasiadas preguntas como para enumerarlas todas. Una niña de 14 años proveniente de San Marcos puede ser muchas cosas, menos una tonta. Loida sabe que la vida le está a punto de cambiar, para bien o para mal.

 Son las cinco de la mañana y a Loida le tiemblan los dientes, pero no de frío, cualquiera que provenga de San Miguel Ixtahuacán, San Marcos a aprendido a vivir en el frío. Le tiemblan porque la incertidumbre no la deja tranquila, la inquieta. A sus catorce años conoce muy bien el significado de la palabra racismo. Tiene miedo de ser discriminada, aunque le han dicho que la familia para la cual trabajará es buena, ella no se siente segura.




Recostada en la ventana del bus mientras observa el paisaje con la mirada perdida, se imagina otra vida, una vida donde no tiene que trabajar cuando le toca ser niña. Una vida donde sus padres deben ser…y son quienes le proveen todo lo que una niña de catorce años necesita. No es la primera muchacha proveniente de algún departamento, la que deja su familia para ir a trabajar a la capital, pero Loida se pregunta si acaso todas pasan por este proceso tan complicado. A  nadie le interesa lo que a una niña o señorita le pueda pasar, emocionalmente hablando, al momento de ir a trabajar para una familia en la capital, a nadie…bueno a casi nadie, excepto a las que les toca que pasar por esa experiencia. Las horas son cortas, está absorbida por esa vida ideal, que no se da cuenta que cada vez se aleja más de su antiguo hogar.

photo credit: Lon&Queta via photopin cc

Dos lagrimas se escapan de sus ojos y se abren camino en sus mejillas, con toda la brusquedad del caso Loida borra con sus manos ásperas el rastro de esa nostalgia salada que le cruza el rostro. Ya no es tiempo de recordar cuando era apenas la chiquita de la casa, ya está grande.  Es ahora, el bus está en la Capital y tiene que bajar.





Dicen que no hay nada como el hogar, dulce hogar. Bueno, eso no es de todo cierto, no cuando te toca que dejar tu verdadero hogar, tu familia, tus amigos, tu vecindario y mundo como lo conoces hasta ese día. Y eso fue precisamente lo que le pasó a Loida. Llegó a la casa de los Aguilar el 7 de Septiembre con una risa de temor y de incomodidad más que de alegría empezó a saludar a la Señora de la casa y a su esposo. Había llegado a la Capital a trabajar para una familia que resultó ser más agradable de lo que ella se imaginaba. Resulta que la madre del Señor, una anciana de 87 años, se había mudado a la casa de los Aguilar porque después de todo cuando  tienes el peso de esa cantidad de años sobre los hombros, no puedes hacer mucho por ti mismo.

La habitación que les habían asignado a ambas se encontraba situada en el primer nivel de la casa, en lo que antes solía ser el estudio, lugar donde estaban guardados todos los libros, o al menos eso creía ella. Cuando entró a la habitación se dio cuenta que ya habían dos camas de verdad y que seguramente una sería de ella. La señora le señaló su cama y la niña sonrío por primera vez de felicidad. Esa noche por primera vez dormiría como se imaginó duermen las niñas de 14 años.

En una cama de verdad, donde tiene su propio cuarto (aunque sabemos que eso no era cierto), el cual cuenta con una puerta, tiene cuadros de paisajes en las paredes, de esos que le recuerdan al vocal de Tajumulco. Loida suspiro y colocó lentamente su mochila negra sobre la cama y luego salió a conocer la casa, el baño donde debía llevar a la abuelita si necesitaba ir de noche. En fín, Loída estaba en esa casa para cuidar de la Doña Fide y ayudar con los que algunas tareas domesticas del hogar.

El primer día fue el más difícil, conoció a todos los miembros de la familia. La señora, su esposo, la abuelita y a sus dos nietos. Ambos llegaron a la hora de almuerzo. Carlos, el mayor era serio y reservado. Trabajaba para una compañía de electricidad. Luis, el pequeño daba clases de canto en el conservatorio nacional. Loída ayudó a servir la comida.

––¿Qué hicieron de tomar?
––La limonada está en la refri ––respondió la mamá –– Anda a traer las tortillas ya están pagadas
––Ya las traje yo, ya vengan a comer

Todos se sentaron a la mesa, excepto la señora y la niña de San Marcos, quién preparaba el café para la abuelita. Luego de servirlo en la mesa se dirigió a la cocina, pues no sabía que hacer. Aunque ella misma había servido su plato en la mesa, tenía miedo de sentarse a comer con la familia.

––Vos comes de último, esperas que todos se levanten y recoges los platos. Cualquier cosa te quedás en la cocina por si los señores de la casa quieren algo ––le había replicado la mamá una noche antes de partir.

––Loida, ¿qué haces? ––le pregunto la señora–– se te va a enfríar el caldo. La niña se frotó las palmas de las manos en el güipil, pues le sudaban. Cerró y abrió los ojos y se sentó a comer. No dijo palabra alguna, solo movía miraba su plato, tomaba un sorbo de la sopa y movía los ojos de lado. El almuerzo terminó y se levantó y procedió a lavar los platos. Esa noche no pudo dormir por dos razones. La primera es porque la abuelita nunca paraba de hablar, dicen que tenía problemas para dormir. El señor ya le había advertido de eso a Loida y le pidió que tuviera paciencia con su mamá, ella asintió. La segunda razón por la que le costaba conciliar el sueño era porque finalmente estaba en la capital, extrañaba el cielo estrellado de su antiguo hogar, el olor a tierra húmeda que dejan los días de septiembre y tortear a las seis de la tarde mientras respiraba ese singular aroma a leña quemada.

Así pasaron los días y cada vez Loida se encontraba más a gusto con la familia Aguilar, en varias ocasiones le tocaban días difíciles con la abuelita, quién tenía un carácter singular, de ese que tiene los que ya vivieron mucho y ya están cansados de la vida. Un día entró al cuarto de Luis, el profesor de música, le tocaba limpiar las ventanas, ordenó su mesa de noche y escritorio. No era la primera vez que lo hacía, pero esa día decidió hojear los libros que estaba sobre la mesa. Tenía tanta curiosidad, y uno a uno los empezó a tomar y leer un par de líneas. A pesar de tener 14 años, solo contaba con tercero primaria y por eso era una lectora muy lenta. Dentro de los libros del profesor había uno que estaba ilustrado, tenía dibujos de una lancha y un pez muy grande.

––¡Loida! Quiero ir al baño.
––Ya voy abuelita ––respondió nerviosa y bajo rápido las gradas para atender a la anciana.



Para su desventura al momento de llevar a Doña Fide al baño, se percató que alguien habría la puerta. Era el profesor. La niña se puso pálida, y las piernas le empezaron a temblar. Había dejado los libros del profesor desordenados, y no sabía que hacer. Por un momento quiso dejar a la abuelita y subir corriendo a dejar todo como lo había encontrado. Pero era muy tarde, Luis saludó a ambas y se dirigió a su cuarto. Entró y se dio cuenta que los libros estaban desordenados, sabía que Loida entraba a su cuarto para barrerlo, pero nunca había notado nada distinto hasta ese día.

––¿Tú estabas ordenando algo en mi cuarto? ––preguntó amablemente Luis ––Es que los libros están desordenados.
––Su mamá me pidió que limpiara la mesa––tragó saliva mientras se daba cuenta que los nervios la delataban.
– A va, hay te encargo que cuando le pases el trapo a la mesa, si dejes los libros o cosas o papeles que tenga en la mesa, por fa. No me vayas a tirar nada.

Loida sin saber que decir asintió. Este suceso no volvió a ocurrir sino hasta una semana después. En esta ocasión los libros se encontraban en el mismo lugar pero una hoja estaba dentro de uno de los libros estaba en el piso. Ella seguía ojeando sus libros. No fue sino hasta el siguiente día que "el profe", como le llamaba Loida, se acercó y le preguntó si le gustaba leer.

––Me cuesta leer––bajó la mirada––  solo estudie hasta tercer primaria
––Pero, ¿si te gusta leer? ––Luis sabía que si podía leer, dado que la mamá le daba las listas de cosas por comprar en el mercado a la niña.
––No tengo libros para leer.
––Yo tengo muchos libros –le sonrió––¿Te gustaría leer uno?
––No sé, no tengo tiempo y tengo que seguir lavando los trastes.
Luis le extendió el libro que estaba ilustrado. En la portada decía "El viejo y El Mar por Ernest Hemingway" ––Lo podes leer cuando tengas tiempo. ––La niña de San Marcos no respondió, tan solo se dibujó una sonrisa de agradecimiento y eso fue suficiente.

No pasaron muchos días sin que antes leer libros por la noche se volviera una obsesión. Por lo general la abuelita se levantaba a las dos de la mañana. Loída la llevaba al baño y luego de acostarla en su cama, esperaba al rededor de una hora, mientras dejaba de hablar y se quedaba dormida. Luego se levantaba de puntillas tomaba el libro y salía del cuarto, esperando que nadie se diera cuenta habría la puerta de la cocina y se sentaba en el piso cerca del jardín. Desbloqueaba el celular que le había dado la señora, el mismo que usaba para llamarla por cualquier emergencia relacionada con la abuelita y lo utilizaba como una especie de linterna para iluminar las páginas de esos libros mágicos.

Loida era feliz, podía viajar a cualquier parte que ella quisiera. Entendió que nunca se está solo si se está acompañado de un buen libro. El profesor le siguió prestando libros para leer, los cuales devoraba con esa hambre que tienen los que han sido privados de muchas cosas. Leía toda la noche o hasta que el celular se apagara por completo. Luis y Loida se hicieron muy amigos, o al menos eso creía ella. No se explicaba porque razón el profe era tan amable con ella, pero era feliz de contar con un amigo aunque él no lo supiera.

Cuatro años pasaron hasta que Loida tuvo que dejar la casa de la Familia Aguilar. Durante ese tiempo leyó muchos libros. La señora la puso a estudiar. Luego estudió un bachillerato por madurez mientras trabajaba para otra familia. Loida nunca volvió a ver al profe, en una ocasión quiso ir a visitarlos, pero al llegar a la casa donde solía trabajar se dio cuenta que ya no vivían allí. Quería agradecerle de alguna forma todo lo él había hecho por ella, o lo que los libros que él le prestaba habían hecho en ella. Pero nunca lo encontró.

Ya pasaron muchos años desde ese suceso, hoy Loida se encuentra estudiando en la universidad una carrera de literatura. Siguen leyendo con la misma pasión que tenía a los catorce años. Trabaja en una oficina de bienes y raíces y le va muy bien. Nunca dije que fue fácil el camino que le ha tocado recorrer desde que dejo San Marcos. El camino ha sido largo y aún no termina. Sin embargo me di cuenta  que la vida es un proceso de cosas inciertas. Hace mucho tiempo deje de tenerle miedo al cambio, al contrario ahora busco provocarlo. Además de estudiar y trabajar en la oficina, entre otras cosas escribo cuentos para Prensa Libre, esperando algún día...Luis "el profe"...me pueda leer.

photo credit: Martin Cathrae via photopin cc





¿Qué crees que pasa emocionalmente con todas las niñas que dejan su familia para venir a trabajar en la capital?

lunes, 5 de mayo de 2014

Sol y Luna

-Esta es la continuación del cuento anterior, narrado por nuestro amigo el sol-


Luna.
Hermosa y tierna.
El calor de sus manos tiene la fuerza de un volcán. 


Sol.
Incansable, niña audaz.
Su rostro me recuerda a la risa de los ángeles. 


La tarde del veinticuatro de abril del año pasado fue el día que la citaron. Se disponía a llegar sola, pero su familia se opuso. Todos se verían afectados por la noticia, para bien o para mal. El jefe la había citado a las dos de la tarde. Esperaban la decisión final de la empresa, como agricultor que espera lluvia tardía. Los cuatro iban vestidos con sus mejores prendas, como si eso les fuera a ayudar en algo.  El calor era insoportable, fue mi culpa. Lo siento. Yo espiaba por la ventana, quería saber que pasaría al final. Ví como uno por uno fue vencido por la ansiedad. Por si acaso no lo sabías, esperar cansa.

Cinco de la tarde.
La puerta se abrió de golpe y el ruido los despertó, a todos a excepción de Sol. Sabe Dios lo que pasaba por la cabeza de esa niña, pero ella no se durmió. Tenía esperanzas.
El esposo fue el primero en reponerse seguido por su esposa. Ambos recobraron la compostura y fingieron su mejor sonrisa. Luna ni se molestó en abrir los ojos. Era ciega.




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El Jefe los llamó a su oficina para darles la respuesta. Las hermanas esperaban afuera. Taiyō cantaba una canción que se había inventado acerca de los colores. Mūn solo aplaudía y se reía, con ese brillo que solo ella tenía. Diez minutos después los padres de las niñas salieron como quién camina en un país extranjero, con la mirada perdida. Sin saber a donde ver y que dejar de ver. Ninguno mencionó palabra alguna, tomaron a las niñas por las manos y se fueron a su casa. Antes de abrir la puerta, la madre de las niñas se hincó y con una sonrisa forzada les dijo:

–– Tengo dos noticias, una buena y otra mala. ¿Cuál quieren escuchar primero?
–– La buena ––respondieron ambas al unísono–– primero la buena notica.
–– La compañía no me mandará fuera de Japón. Pero debo de ir al otro lado del Lago Inawashiro, por un tiempo. –– dejó de sonreír.
–– ¿Por cuánto tiempo preguntó Taiyō?
–– Solo serán un par de semanas, yo cuidaré de ustedes. Todo saldrá bien, cuando su madre regrese iremos a visitar a los abuelos.

Los cuatro se abrazaron y las niñas, a diferencia de lo que puedas estar pensando, estaban felices. 

Para ese entonces, el atardecer había terminado y mi tiempo de ese lado del mundo también. Anochecía.



* * Una Traducción * *
太陽 = Taiyō = Sol 
ムーン  =  Mūn = Luna 



Al otro día fueron a despedir a su madre al embarcadero. La empresa estaba creciendo y necesitaban analistas de riesgos en la nueva planta que se encontraba al otro lado del Lago Inawashiro. El padre y las niñas regresaron a casa, era domingo  y tenían todo el día libre.

Todas la tardes las niñas salían a jugar con su papá. Eran felices, a pesar de la ausencia de su madre. Taiyō, la más pequeña, tenía una forma ver el mundo sorprendente. Siempre estaba feliz, corriendo de un lado para otro. Escribiendo y pintando. Silbando y saltando. Mūn, la hermana mayor, no veía el mundo así. No por que no quisiera, si no por que no podía. Era ciega de nacimiento, pero aún así miraba el mundo a través de sus otros sentidos. Conocía el color de las rosas por el aroma que emanaban. Su corazón nunca estuvo en tinieblas, pues cuando palpaba y abrazaba todo su interior se iluminaba. Ella no necesitaba de mis rayos de luz, de mi calor. Ella no necesitaba al Sol. Su espíritu afable ahuyentaba cualquier oscuridad.





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Pasaron meses y la madre no volvía. Llegó el invierno y ella no volvía. Pero aún así las niñas siempre encontraban una forma para ser felices. Eran inseparables, nunca he conocido a nadie como ellas, y es por eso que cuento su historia. 

Los días de invierno fueron los mejores. Ambas sufrían de asma y la madre nunca dejó que se mojaran, ya que eso sería peligroso para las niñas. Pero al ver que la madre no volvía, y que las niñas insistían todos los días en jugar bajo la lluvia, el padre finalmente accedió. 

Compró dos capas impermeables en el nuevo centro comercial y dejó que sus dos pequeñas disfrutaran de la lluvia. Esa tarde fue como ninguna otra. Algo mágico sucedió. Era la primera vez en su vida que podían caminar bajo la lluvia.  Taiyō corría de un lado para otro, Mūn no podía, no miraban. Y fue entonces cuando ocurrió. Yo apenas podía ver, el cielo era gris y las nubes se cruzaban mientras miraba a las niñas.


Mūn extendió las manos con las palmas hacia arriba. Por un momento permaneció inerte, y con ella se paró el tiempo. Sentía el leve cosquilleo que las gotas de lluvia provocaban al caer sobre bellas manos. Entonces empezó a reír y a llorar. Taiyō dejó de correr y se acerco a su hermana mayor. Mūn lloraba de felicidad, y su padre que las observaba a la distancia, con un paraguas, ni se percató de las lagrimas de su primogénita. Se escondían con la lluvia.

––¿Por qué lloras Mūn? ––preguntó un poco consternada su hermanita ––. ¿Qué pasa?
–– Puedo escuchar la lluvia –– sonreía, y aunque no la podía ver, su rostro y ojos se dirigían a su hermana. 

Las gotas de lluvia emanaban poesía. En cada una de ellas había un verso. Eternidad en cada gota, y Mūn las escuchaba. Lograba traducir cada estallido de las gotas sobre sus manos. Tenía el sentido del oído y tacto tan desarrollado que podía escuchar a Dios a través del canto de la lluvia. Podía ver los colores del arco iris y de los atardeceres. No le hacía falta la vista para apreciar su entorno Todo giraba alrededor de ella y Taiyō la miraba atónita. Dios le había dado un don de escuchar y de sentir. Memorizaba todos los versos que podía, eran demasiados, como las gotas de la lluvia. Pero retenía algunos.

Llegaban a casa y Mūn los declamaba, Taiyō los escribía. Era el secreto de las dos. Anhelaban la lluvia más que el agricultor en el desierto.  Mūn escuchaba las canciones de la lluvia y Taiyō  preservaba esos himnos en papel.

Cada semana enviaban una carta a su madre, en ella estaba escrito un poema, de los que declama la lluvia. Todas las semanas esperaban un respuesta, pero nunca llegaba. Ellas no perdían la fe y cada día revisaban el buzón negándose a aceptar una causa perdida.

La semana pasada fue la última vez que le escribieron. Un año después de la primera carta, ella contestó  tres días después, les dijo que vendría hoy por la tarde. Luna y Sol han salido a las orillas del Lago Inawashiro a esperar a su madre.




A lo lejos pueden ver como se acerca el barco que les trae a la mujer que tanto extrañan.

 —Aquí te esperamos —dijo alargando las sílabas. Luna, la primogénita  sujetaba la mano de su hermana.