jueves, 24 de abril de 2014

El Cuento de Sally




photo credit: TumblingRun via photopin cc


                                                                                        1                    

Ayer fuimos a visitar a Lucy. Sigo estupefacto, todavía no entiendo como se pudo escapar del manicomio y lo que es peor, no logro comprender la forma en que reaccionó al regresar a casa y dejar aquella prisión atrás. Clara ha estado insistiendo que no importa la condición de su madre, ella no está dispuesta a olvidarla. Para mí no ha sido fácil. No sé como lo logra manejar ella, a pesar de ser sólo una adolescente. Me siento impotente. Todavía no puedo creer que hace dos años perdimos a nuestra segunda hija. Mi bebé. 
    El parto fue complicado. Lucy, mi esposa, luchó hasta el último momento, pero Sally (ese iba a ser su nombre) se había enrollado con el cordón umbilical en el cuello, lo que provocó su asfixia. Ninguno de los tres lo pudo creer, aunque fue difícil para nuestra pequeña familia, aceptar la partida de nuestra hija, fue Lucy la que cambió por completo. Se levantaba por las noches a preparar la pacha para Sally, pasaba los días enteros ordenando y limpiando su cuarto. Claro que todos extrañamos a nuestra hija, pero salir a gritar su nombre en medio de la madrugada, es algo que aterra a cualquiera.
   No sabía que hacer, y lo primero que se me ocurrió fue buscar ayuda médica, pero nadie quiso ayudarme. Cuando vives en una granja en las afueras del pueblo, hay muy pocas personas dispuestas a ayudarte. Así que decidí mentirle acerca de un paseo. Le dije que necesitaba salir a respirar otros aires, que era necesario cambiar de ambiente. La respuesta fue un rotundo no. Así es que la semana siguiente elabore de mejor manera la propuesta.
     ––Noris me dijo que ayer vio una nueva tienda en el pueblo. Se dedican a la venta de ropa para bebés. 
El comentario la tomó desprevenida, continuo viendo la ventana de la sala, la que estaba enfrente de nuestros campos de trigo. Lentamente giró sus hombros y cabeza.
     ––¿Me llevarías? ––preguntó insegura ––. Hace tiempo he querido comprar nuevos gorros y frazadas para adorar el cuarto de Sally.
Todos los días al levantarse, se dirigía al cuarto de Sally y permanecía llorando en silencio, acostada en la alfombra rosada del cuarto de mi hija la menor, bueno, el cuarto que ella usaría. Sólo salía para comer o al ocultarse el sol.
     ––Por supuesto ––respondí con moderado entusiasmo.No quería que sospechara nada al respecto–– Solo tendrás que esperar que termine de lavar los platos, luego podremos ir.
A Lucy le pareció perfecto dejar la cocina limpia antes de retirarnos al pueblo.

    Los establos estaban a la distancia de un tiro de piedra de nuestra casa, de esa forma podíamos dormir tranquilos sin que los molestos ruidos de los animales nos molestaran por la noche. Randy y Rony eran mis caballos preferidos, negros como la noche sin luna. Los llevé a la parte trasera del establo, ahí teníamos el carruaje que habíamos usado solo tres veces. Lo compré hace dos años y medio, justo antes del parto de nuestra difunta hija. Quité la lona de color blanco que cubría el carruaje y ajusté los cinchos de los caballos al carruaje y me dirigí a la puerta de la casa. Lucy ya estaba esperando. Impaciente.
     ––De prisa ––dijo–– No queremos viajar hasta el pueblo y encontrar todas las tiendas cerradas.
 Estuve a punto de recordarle que apenas eran las ocho de la mañana y que ninguna tienda estaría cerrada, pero había aprendido a no contradecirla. Ella no toleraba discutir y yo no podía ver como se hundía más en su locura. Asentí sin decir palabra alguna.
   Subimos al carruaje. Yo estaba sentado en la banca de afuera tomando las riendas de los caballos. Mi esposa permanecía adentro, sola. De pronto escuche que hablaba con alguien. Disminuí la velocidad, pues no quise parar de tajo. Poco a poco corrí la cortina frontal del carruaje y la vi hablando con una muñeca. Era Sally, o eso pensé. ¿Quién más podría ser? Escenas como esas me partían el alma. Verla y escucharla hablar con una muñeca y todos los arrebatos sin sentido que tenían me mortificaban lentamente. Me atrevería a decir que verla en esa condición era más doloroso que la pronta partida de Sally. No le dije nada, me hice el loco y seguí sujetando a los caballos. Que curiosa esa frase, ¿no? Me hice el loco…

 Llegamos más rápido de lo que hubiera creído. Por primera vez, ese camino tan largo al pueblo me pareció corto. Me la pasé preguntándome si a caso me arrepentiría de lo que estaba apunto de hacer. Lo que más me asustaba era que Clara, mi primogénita, me odiara para siempre por quitarle a su madre. Por otro lado, no podía ignorar la salud mental de mi amada, no podía soportar la idea de que algún día hiciera una locura. Estaba tan absorto en ese dilema, que no me percaté de las dos horas y media que duraba el viaje de nuestra granja al pueblo. Pero ahí estábamos entrando bajo el gran arco de cemento de nuestra pequeña ciudad. Esa mañana las flores no brillaban igual, los pájaros dejaron de cantar. A pesar de ser una mañana cálida de primavera, en mi corazón todo era tormenta. En mis ojos lluvia y los colores que miraba eran de otoño. Lucy sacó la cabeza por la ventana izquierda del carruaje.
      ––¡Al fin llegamos! ––gritó de manera que toda la gente del pueblo la miro con recelo ––. Yo no hice más que fingir una leve sonrisa. Me estacioné lo mejor que pude. Los nervios me empezaron a traicionar en ese preciso momento. Me bajé y le abrí la puerta a mi esposa. Le tendí mi mano para que se apoyara al salir, pero ella salió de un salto.
     ––¿Dónde está la tienda?
     ––Está a la vuelta, pero tengo una sorpresa.
     ––Me gustan las sorpresas ––dijo, abriendo los ojos como nunca antes ––.Gracias por amarme sin condición. Esas palabras fueron como un clavo que traspasaba lentamente mi corazón.
     ––Primero tengo que vendarte los ojos, la tienda es nueva y tiene una decoración fabulosa. Todo el interior es color rosa.
     ––¡El color favorito de Sally! ––exclamó dando pequeños saltos y aplaudiendo con las manos. ––Será divertido. Es una lástima que Clara no esté con nosotros ahora.
     ––Ya sabes que la escuela es importante. Además a ella le encanta la idea de ir a estudiar ––afirmé mientras cubría los ojos de Lucy con una bufanda–– o mejor dicho, le encanta la idea de ir a ver a Estuardo.
    ––Ese muchacho no me agrada. ––hizo una pausa y continuo ––. Bueno, no es que sea malo, solo que no creo que Clara tenga edad para tener novio.
    ––Lucy, nuestra hija tiene 19 años, ya no es ninguna chiquita.
    ––Tienes razón ––asintió con una sonrisa de tristeza más que de alegría––. Mi chiquita es Sally. Vamos, llévame a esa tienda.

Las piernas me temblaban a cada paso que daba. Era una sensación extrañaba, sentía como si alguien me moviera el suelo. Pero me armé de valor y decidí que ese no era momento de dar marcha atrás y que si quería lo mejor para ella, debía estar dispuesto a pagar el precio, aunque fuera caro. Llegamos al final de la Calle Narden, donde el manicomio tenía sus instalaciones lejos de cualquier otro comercio. De manera que nadie podía escuchar los gritos y lloros de los locos ahí adentro. Nos recibió una señorita muy amable. Ella ya sabía que yo llevaría a Lucy con el engaño de la tienda de ropa para bebés.

      ––Te amo ––le susurré al oído y le dí un beso en la frente ––. Sabes que siempre lo haré.
Esas fueron las últimas palabras que le dije. Luego llegaron dos enfermeros, cada uno la tomo por los brazos y se la llevaron mientras ella con los ojos vendados trataba de soltarse, gritando sin parar. Una parte de mí todavía escucha esos gritos de desesperación. La muchacha del vestíbulo me prometió que la iban a cuidar lo mejor posible y que ahora podía dormir tranquilo. Por supuesto, ese era un consuelo barato y nada de eso se acercaría a la realidad. Salí del manicomio o del Hospital para Personas con necesidades mentales; ese es el nombre que ellos le dan a su Institución, pero vamos; tu y yo sabemos que es un m-a-n-i-c-o-m-i-o.

    Todavía no sabía exactamente que decirle a Clara, la verdad es que nunca lo había pensado. Es decir, si sabía que tendría que dar una explicación, pero nunca me preocupe por buscar una. El regreso a casa fue todo lo contrario. El camino fue eterno. Tenía la mirada fija en el centro del camino. Fija y vacía. Era como mirar a través de un anillo, lo puedes ver todo, pero no ves nada. No sé como expresarlo, pero a diferencia de lo que creas que yo estaba pensando, yo no sabía en que pensar. Ahí estaba sentado, sujetando las correas de los caballos, inerte, tan solo siguiendo los senderos. Llegué finalmente a casa, procedí a guardar los caballos en el establo, después de haber guardado y cubierto el carruaje. Me dediqué a preparar el almuerzo. Era alrededor de medio día y cociné, como lo hacía de costumbre.

No quiero escribir mucha acerca de lo que pasó cuando mi hija se enteró de lo que había hecho. Solo diré que aunque tuvimos una larga e intensa discusión, Clara terminó por entender las razones por las que había llevado a su mamá a un hospital para enfermos mentales. Lo entendió a la perfección, aunque nunca estuvo de acuerdo. Así pasaron los primeros días y semanas. Clara y yo no hablábamos. Solo nos comunicábamos por medio de sílabas. Dos monólogos no hacen una conversación, pero al menos empezábamos a comunicarnos más a menudo. Por mi parte, yo empecé a recuperar el sueño. Las noches dejaron de ser eternas, y aunque Lucy siempre me hizo falta, empezaba a tener cierta sensación de tranquilidad. 

Ahora, no me mal entiendas, en ningún momento estoy insinuando que me libre de una carga. Es solo que yo sabía que ahora estaría en un lugar donde la iban a cuidar de mejor manera, sin el miedo a que ella cometiera una locura y no supiera que hacer. La muchacha del manicomio me dijo que podía regresar a visitarla después de un mes. Me prohibieron presentarme antes de la fecha señalada. Luego de cuatro semanas los pacientes han logrado asimilar la idea de su nuevo hogar, y entonces es recomendable que puedan recibir visitas. Pacientes. Me gusta esa descripción para mi esposa.

               

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                                                                              2

  Nunca había detestado tanto el arroz y la sopa de pollo. No hay día que no tengamos que comer el mismo menú. Puedo comerlo una semana entera, pero treinta días de lo mismo es demasiado. Hoy no tengo duda alguna, al fin podré cenar trigo molido otra vez. Extraño la leche de nuestras vacas recién ordeñadas. El sabor es inigualable, pero lo que me ha vuelto una desquiciada es tener que soportar el encierro en esta cuarto. Ayer fue un gran día, Mateo y Clara me vinieron a ver. Las he extrañado mucho, en especial a Sally. No puedo dormir, necesito estar cerca de su cuarto. Mis ojos están hastiados de estás estúpidas paredes grises. Necesito ver la decoración color rosa de cuarto de Sally. Eso me trae paz. Cuando los vi entrar a la sala de visita, trate de controlarme. Las uñas me han crecido y estuve a punto de ensartarle los dedos en los ojos a Mateo. Los ojos me brillaban de rencor, la sangre me hervía. Podía sentir como la ira me calentaba todas las venas, pero no estoy tan loca como creen. Logré aparentar que los quería y que estaba muy feliz de verlos. De hecho, llevo dos semanas planeando esto, como para dejarme llevar por un torpe ataque de ira. Los abracé fuertemente mientras lloraba. Mis lagrimas eran sinceras, pero no de tristeza, dolor o nostalgia, sino de rabia. La expresión de mi rostro ha de haber reflejado alegría al verlos.
     ––Te hemos extrañado tanto. ––me dijo con los ojos llorosos––. Te pido que me perdones, pero no sabía que hacer. El doctor me dijo que has mejorado de manera increíble las últimas dos semanas.
      ––Estoy aprendiendo a superar el trauma de nuestra difunta hija. ––esas palabras lo tomaron por sorpresa, me di cuenta que trató de no parecer sorprendido, pero no pudo, siempre hace lo mismo. Soy su esposa y lo conozco. Tanto como él a mí.
      ––Siempre te has referido a Sally como si estuviera viva. 
      ––Ya no hablemos de lo mismo ––repuso Clara–– estoy contenta de volverte a ver mamá. Me has hecho mucha falta.
Hablamos alrededor de una hora, las manos y las piernas me temblaban, no sé si por sed de venganza o por querer salir corriendo, pero me las arreglé para parecer lo más cuerda posible. No había llegado a este punto para estropearlo todo. Tenía un plan perfecto y estaba convencida que funcionaría, si tan solo lo seguía al pie de la letra. Esa noche, después que me despedí de ellos, fuimos a cenar. Ahí estábamos las tres, disfrutando por primera vez nuestra cena. Azucena y Julieta tenían más de cinco años de estar en ese manicomio. Me había hecho amiga de ellas una semana después de haber llegado. Sabía con certeza que para escaparme de ese lugar iba necesitar ayuda y que mejor manera de convencer a un par de locas que no están bien de la cabeza, y se creen todo cuanto les dices.
     ––Mañana a estas horas estaremos respirando el aire de libertad. ––mencionaba esas palabras con tanta seguridad, que parecía un político––. La espera terminó.
     ––Gracias por tomarnos en cuenta, Lucy. Tu amistad es un regalo para nosotros ––las palabras de Julieta me dolieron, parecían tan seguras de que ellas se escaparían también pero me temo que eso no sucedió.
   Les dije que se fueran a dormir, que descansaran. Sólo unas horas nos separaban de mi escape. No quería que esas tontas arruinaran mi plan. Yo pude dormir por primera vez. La idea de estar de nuevo en casa me daba una sensación de sosiego, pero lo que más paz me daba era que al fin podría saciar mi sed de venganza. 

Amaneció. Durante el día me comporté de lo más normal, si acaso puedo así decirlo. La hora había llegado, el plan era perfecto. Hacía una semana que guardaba en una servilleta de papel, una pastilla efervescente para las agruras del  estómago. Solo necesitábamos escuchar la campana que indicaba que podíamos salir al patio para poder respirar el aire fresco.
   ––¡Ayuda, Julieta está convulsionando! !Alguien que me ayude!.
Nuestra amiga se retorcía mejor que una cucaracha recién aplastada. Escupía espumarajos y se golpeaba así misma. Las convulsiones eran el pan diario en nuestro hospital, pero ese día fue diferente, Julieta daba terribles gritos, como nunca antes se habían escuchado. Me impresionaron sus aptitudes escénicas. Es una lastima que fuera tan loca como para creer que yo regresaría por ellas.
 Las enfermeras corrieron de prisa a auxiliarla. No pienso perder el tiempo en contarles como me escapé. Sólo diré que fue muy sencillo, los guardias estaban almorzando a la hora que salíamos al patio y las enfermeras nos cuidaban en nuestro receso. El personal de cocina y limpieza se dedicaba a limpiar nuestros pequeños cuartos. En cuanto a la señorita de la entrada, fue un poco más difícil, o al menos doloroso para ella. Le quebré una maceta pequeña en la cabeza. Espero que solo se halla desmayado.



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Todavía no logro comprender como hizo Lucy para escaparse del Manicomio. Clara salió hoy en la tarde y regresará en la noche. Hoy es el baile de promoción de la escuela.

––¿Quién es?–– habían tocado la puerta. Es raro tener visitas después de las seis de la tarde.  Mientras baja las gradas y me dirigía a la puerta, volvieron a llamar. Acelere el paso, pues me imagine se trataba de una emergencia. Abrí la puerta y ahí estaba ella. Me miro con sus ojos negros y me dijo: Buenas tardes...

Me levanté inmediatamente. El corazón me latía tanto que me dolía. Esta completamente mojado y el sudor no paraba de correr por mi rostro. Nuestra cama es muy pequeña y cualquier movimiento brusco puede ser sentido en toda su superficie. Me di cuenta que Lucy se despertaba por mi repentino ataque de nervios. Entonces ambos escuchamos sus gritos a mitad de la noche. Eran las dos de la mañana y era mi turno de alimentar a Sally. Todo había sido un mal sueño.




photo credit: antonio rojilla via photopin cc


martes, 15 de abril de 2014

El precio de la Mentira


photo credit: Pierre Metivier via photopin cc 

En la primera entrada comenté que desde hace tiempo había tenido la inquietud de hacer un blog, pero que fue hace poco que me decidí hacerlo. Hoy quiero contarte las razones que me terminaron de convencer para que empezara a escribir aquí.

Recientemente vi un vídeo de una conferencia de Ray Bradbury, en donde él brindaba algunos consejos para aspirantes a escritores. Uno de ellos era un desafío, donde se debería de  escribir un cuento semanalmente. Ray creía que después de 52 semanas consecutivas escribiendo un cuento, alguna historia interesante tendría que surgir. A medida que la escritura se practicaba como una rutina de ejercicio, las probabilidades de contar historias de mejor manera, aumentarían. Me pareció interesante la propuesta. Hasta ese entonces ya había terminado de escribir el cuento sin nombre. Dicho cuento me tomó varias semanas por escribir. Si bien lo escribí en tres ocasiones diferentes, sí pasaron varias semanas de por medio para que lo terminara.

Como no tuve ningún tipo de presión por terminarlo, me tomé mi tiempo. Ahora las cosas son distintas, ya que me he propuesto escribir un cuento todos los domingos. Una cosa es escribir algo, otra muy diferente es publicarlo, aunque se trate de un sencillo blog.

La segunda razón y probablemente la de mayor peso fue el efecto que causo en mi, la clase de Eduardo. Hace unos días me inscribí en un taller de escritura creativa. Dado que esta necesidad por decir algo, aunque no tenga claro lo que quiero decir, se ha hecho cada vez más latente. Ayer hablamos de varios temas, pero uno de los que más me llamó la atención fue la reflexión final que Eduardo, mi maestro, hizo al final de la clase.

––Nosotros los guatemaltecos no somos directos, nos gusta ir por las ramas.
––Cero directos ––dijo el colombiano.
––Lamentable aceptarlo, pero cierto ––concluyó Rocío–– damos muchas vueltas para hablar.

La próxima semana discutiríamos nuestros proyectos de escritura. Ahí estaba yo, indeciso. No sabía si debía compartirles el enlace de mi nuevo blog. En los pocos días que tenía de conocerlos, pude darme cuenta que era personas muy analíticas, metódicas hasta cierto punto. Eduardo estaba por concluir la clase, justamente cuando alzaba mi mano.

––Quiero compartirles un pequeño proyecto de escritura. Acabo de abrir un blog, no es la gran cosa. Pero me gustaría me pudieran dar su opinión al respecto.

Titubeé al hablar. Quise restarle importancia a lo que estaba diciendo, lo cual es absurdo, dado que en toda la clase me debatía en el dilema interno sí decirles o no.

Me despedí de todos mis compañeros. Al salir por la puerta principal del salón me empecé a arrepentir de lo que había hecho. No había forma de que mi blog les pudiera parecer interesante a personas como ellos. Roberto es un psiquiatra, José es doctor en leyes. Rocío es poeta. Javier, el colombiano, ingeniero industrial. No estoy exagerando, mucho menos inventando una historia. En el momento que les dije el nombre de mi blog todos tomaron su lápiz o lapicero y empezaron a escribirlo en sus cuadernos de apuntes. En ese momento me di cuenta que era muy probable que lo iban a revisar durante el transcurso de la semana. Ya era demasiado tarde para arrepentirse. Solo me restaba pensar en una entrada que fuera lo suficientemente buena, si bien no para impresionarlos, por lo menos para obtener una buena crítica respecto a mi blog.

Durante todo este día he pensado acerca de que escribir, y he llegado a la conclusión de que no estoy dispuesto a convertirme en escritor mediocre. Me rehuso a la idea de escribir para gustar y me alegra que mi maestro de escritura y mis compañeros, al igual que tú, se encuentren leyendo esta entrada.

La vida es eso que pasa mientras pasamos buscando la aprobación de otros. Nos convertimos en mártires de nuestros propios sueños y anhelos, con tal de agradar a quienes nos rodean. Las críticas nos duelen. Les huimos como un prófugo huye de la justicia. Evitamos las confrontaciones en la medida que sea posible. Buscamos consejos mediocres que solo confirme una decisión ya tomada. Sólo de esa forma podemos tener la conciencia tranquila, sabiendo que alguien más nos aconsejo hacer aquello que ya estaba decidido.

Andamos por la vida con un rotulo que dice "Se compran mentiras". No se mira, ni se toca, pero es tan real como el aire que respiramos. Las mentiras son gratis, pero cuestan mucho. Sacrificamos la verdad por un consuelo banal. Preferimos un "después de todo no estuvo tan mal". Por lo general preferimos hablar con alguien que nos oiga, que con alguien que nos reta a superar a nosotros mismos. Nos sentimos aludidos cuando "después de todo" no dejamos de diferenciarnos del guatemalteco promedio. Comparamos mentiras cuando nos conformamos con palabras de ánimo vacías de sustancia, en lugar de palabras que incomodan y que como parte de un efecto domino provocan un cambio. 


Ya lo había dicho antes el rey Salomón: "Mejor es reprensión manifiesta que amor oculto." La mediocridad es gratis, pero cuesta todo.


Por cierto, ya quiero que sea lunes. Mis compañeros, seguramente, tendrán observaciones interesantes para mí.


photo credit: Bindaas Madhavi via photopin cc 





lunes, 14 de abril de 2014

El silencio ya no me habla

¿Cuándo fue la última vez que comiste en silencio?

Claro, ya sé que hablar con la boca llena es de mala educación, pero la verdad es que todos hablamos mientras comemos. Hablamos a la hora de la refa. Conversamos con la familia en la mesa. Disfrutamos salir a comer con los amigos. De hecho, comer y hablar es algo que está sumamente unido, más de lo que parece.

¿Cuándo fue la última vez que saliste a comer con nadie más que contigo mismo?
Probablemente la respuesta sea "no recuerdo".

Estoy seguro tampoco recuerdas, cuando fue la última vez que te sentaste solo(a) en la mesa de tu casa, ya cuando todas se habían acostado, y te dispusiste a comer sin tener que revisar el celular, mientras digerías los alimentos.  Las personas le huyen a la soledad, porque les da miedo el silencio. Les aterra la idea de escucharse  así mismos. Los celulares y los reproductores de música nos brindaron un cáncer discreto. La idea de manejar en el tráfico sin tener el radio encendido es casi una utopía. Tenemos una necesidad de estar oyendo algo, y no precisamente porque practiquemos el valor de escuchar, sino por que no tenemos ni idea de que hacer si nos encontramos en silencio. Llamamos a nuestros amigos y mientras esperamos que ellos contesten, tenemos que escuchar el backtone de alguna ridícula canción pop, simplemente para "hacer" algo mientras nos contestan.

Es curioso que ahora la idea de adorar a Dios tiene que ver con música. Se nos olvida que Jesús pasaba las noches enteras orando, en silencio. Ya perdimos de vista que la música también tiene que ver con ausencias de sonidos, con pausas. 

El silencio no  necesariamente refleja la ausencia de cosas por decir, algunas veces representa precisamente lo opuesto. Las conversaciones más largas usualmente se dan sobre una almohada y en silencio. Un abrazo en silencio es un poema que dice mucho. Las palabras sobran y las miradas y la sonrisa completan. Por eso las parejas saludables disfrutan del silencio.


Lograr que leyeras esta entrada fue la única forma que encontré para ser eco dentro de tí, sin hablarte. Cuando dejamos de escuchar el silencio, éste deja de hablarnos.


















jueves, 12 de diciembre de 2013

Un lugar diferente

Las despedidas apestan a nostalgia y Loida lo sabe. Para su padre es frustrante verla partir sin tener algo que decir. Loida, de seis hijas, la menor, la rezagada está por partir. Las otras cinco también se han marchado, aunque no todas a la capital. María y Josefa viven en el vecindario, cada una con su marido e hijos. Lucrecia vive y trabaja en la zona 1 en comedor. Las otras dos, gemelas, murieron al nacer.
 Los días de Septiembre se terminaron y le trajeron una noticia inesperada. Debe preparar rápido sus maletas, cosa que será fácil pues no tiene muchas pertenencias. Esa es la última noche que dormirá con sus papás.

Con el insomnio te visita, llega con planes de quedarse y Loida pasa en vela toda la noche, sin llorar, llorando en silencio. Su señora madre la acompaña a la terminal buses. Allí están las dos paradas, como vigías que se adelantan al sol, esperando a la camioneta que la dejarán sin la última hija, la más pequeña. 
––Hacés todo lo que te pidan no quiero que me vaya a llamar la doña diciéndome que le salistes chueca ––dijo la madre fingiendo que no la extrañaría. Loida, de catorce años, asintió.
Como en toda terminal de buses, todas las personas corrían de un lado para otro, como almas en pena sin saber donde posar. Loida callaba, los ojos negros delataban el oscuro miedo que tenía de partir lejos de casa. Pocas veces a sentido tanto miedo, y estás es una de esas ocasiones donde el miedo es tan real que se respira. Tiene temor de no ser lo suficientemente buena como para durar en ese lugar a donde va. Tantas preguntas… ¿Cómo será la familia? ¿Serán buenos? ¿Les caeré bien? ¿Qué voy hacer? ¿Dónde voy a dormir? ¿Cómo me trataran los señores de la casa?, demasiadas preguntas como para enumerarlas todas. Una niña de 14 años proveniente de San Marcos puede ser muchas cosas, menos una tonta. Loida sabe que la vida le está a punto de cambiar, para bien o para mal.

 Son las cinco de la mañana y a Loida le tiemblan los dientes, pero no de frío, cualquiera que provenga de San Miguel Ixtahuacán, San Marcos a aprendido a vivir en el frío. Le tiemblan porque la incertidumbre no la deja tranquila, la inquieta. A sus catorce años conoce muy bien el significado de la palabra racismo. Tiene miedo de ser discriminada, aunque le han dicho que la familia para la cual trabajará es buena, ella no se siente segura.

Recostada en la ventana del bus mientras observa el paisaje con la mirada perdida, se imagina otra vida, una vida donde no tiene que trabajar cuando le toca ser niña. Una vida donde sus padres deben ser…y son quienes le proveen todo lo que una niña de catorce años necesita. No es la primera muchacha proveniente de algún departamento, la que deja su familia para ir a trabajar a la capital, pero Loida se pregunta si acaso todas pasan por este proceso tan complicado. A  nadie le interesa lo que a una niña o señorita le pueda pasar, emocionalmente hablando, al momento de ir a trabajar para una familia en la capital, a nadie…bueno a casi nadie, excepto a las que les toca que pasar por esa experiencia. Las horas son cortas, está absorbida por esa vida ideal, que no se da cuenta que cada vez se aleja más de su antiguo hogar.

photo credit: Lon&Queta via photopin cc

Dos lagrimas se escapan de sus ojos y se abren camino en sus mejillas, con toda la brusquedad del caso Loida borra con sus manos ásperas el rastro de esa nostalgia salada que le cruza el rostro. Ya no es tiempo de recordar cuando era apenas la chiquita de la casa, ya está grande.  Es ahora, el bus está en la Capital y tiene que bajar.





Continuara…mañana.


jueves, 17 de octubre de 2013

Con Sabor a Sal




Hoy quiero contarte dos historias, acerca de tres niños. Nadie disfruta tanto a los niños como yo. Soy gran admirador de ellos, pues representan la esencia de la humanidad. Su calor y energía son mi motor, aunque eso signifique solo verlos la mitad del día. Siempre los llevo dentro. Me mantienen encendido.

Yo estaba ahí la tarde que lo abrazó. Con fuerza, en el pecho.
Jonathan es un niño de nueve años. Hijo de pescadores, ambos, padre y madre. Desde muy pequeño se sintió atraído por la naturaleza. Incluso jugaba con ella, puesto que no se le daba relacionarse con los niños de su edad.


Todas las tardes después de asistir a estudiar y ayudar a su madre a limpiar los camarones y pescados, salía a jugar, con nadie más que consigo mismo. Le gustaba hacer castillos de arena, con túneles y puentes. Pasaba horas mejorando sus diseños, jugando en el agua, o a veces hablaba con el mar. Éste nunca le respondía, pero Jonathan estaba feliz de tener a alguien que lo escuchara.

Esa día algo cambió. El niño estaba acostado en la arena, tenía mucho calor, estaba cansado de hacer castillos en la arena. Hablaba solo, al menos eso creía. Cuando escuchó un susurro. ––¿Jonathan, me escuchas?
La voz era muy suave y femenina. Jonathan se puso de pie y buscó en todas direcciones quién podría haberlo llamado. El área que buscaba para jugar en la playa era muy solitaria. No había nadie. De pronto lo volvió a escuchar, esta vez más claro. La voz provenía del mar. Poco a poco Jonathan caminó en dirección al mar, hasta que el agua salada le llegaba al ombligo. Miraba a todos lados, como buscando algo sin saber que buscar. Cerró los ojos decepcionado, cuando gritaron ––¡Aquí!.

La ola saltó en medio de sus compañeras que la miraban atónitas. Jonathan abrió los brazos y la ola lo abrazó, con fuerza, en el pecho. Me gustaría decirte que jugaron por horas, pero ya era tarde y el niño debía regresar a su casa. Estaba oscureciendo. Ya era hora, lo siento.


Al otro día quiso encontrarse con su nueva amiga, pero no la encontró. Gritó, pero ella no lo escuchó y si lo escuchó, no le contestó. Jonathan repitió por meses el mismo ritual. Hacía el castillo hasta cansarse, se acostaba en la arena y empezaba a hablar solo. Hasta que una tarde lo vi llorar. Como siempre yo estaba muy lejos, quiero decir a miles de años luz de distancia, pero mi energía lo calentaba. Estaba metido en el mar con el agua hasta el ombligo como de costumbre. Mis fuertes rayos de luz le ofendían la vista. Odiaba llorar y se secaba con las manos las pocas lagrimas que le salían por los ojos. 

Yo había visto la ola una vez, del otro lado del mundo, cuando Jonathan dormía y a mi me tocaba brillar en otro continente. Pero no se lo podía decir, no había forma de que me escuchara, estábamos muy lejos. Una lagrima se le escapo y cayó al mar. Lentamente el niño vio como la gota de su llanto se mezclaba con el mar y sintió que ambos eran uno. Su lagrima y el agua salada del mar.


Ese tarde tomó la decisión de dejarla de buscar y al día siguiente volvió a hacer castillos de arena, cuando de pronto encontró una tortuga bebé con el caparazón celeste, como el color de sus ojos, el color del mar.




photo credit: Pirata Larios via photopin cc

La tomó en sus manos y la llevó a su casa. Sacó su pincel de la escuela y abrió una vieja lata de pintura de aceite del papá. Dibujó una "J" en el caparazón de la tortugita. Luego regresó a la playa y justo  tres metros antes de la orilla soltó a  su nueva amiga, esperando que algún día se pueda encontrar con la ola, su vieja amiga, y esta la vea y pueda recordarse del niño que abrazó, el cual nunca la olvido.
 ¿Y yo? Bueno, yo solo sigo observando desde la distancia.


Pd. Supongo que la historia de las dos hermanas la contaré la otra semana.


Atentamente: Tu amigo, el sol.

jueves, 10 de octubre de 2013

El anciano de la calle

photo credit: LordFerguson via photopin cc


––¡Daniel, date prisa! 
La voz de la muchacha lo despertó. El mendigo se sentó rapidamente para ver quien lo llamaba, pero se dio cuenta que no era a él a quién le hablaban. Lamentaba no tener guantes. Se podía ver el frío en el vaho que salía por su boca, mientras respiraba lentamente. Estaba cansando pues había caminado muchos kilómetros bajo la lluvia la noche anterior, buscando una nueva plaza para establecerse. 

Tenía el pantalón y los zapatos mojados a causa de la lluvia. Necesitaba tomar algo caliente. Así que empezó a contar las monedas que tenía. Como no eran suficientes. Se puso de pie y se dirigió a la estación del tren. Se sentó y colocó su sombrero mojado delante de él para que la gente pudiera darle una limosna. Las personas pasaban a su lado con la mayor  indiferencia posible. Envueltos en sus largos y negros abrigos, los observaba. Se llevo las rodillas al pecho y mientras se abrazaba a él mismo para entrar en calor, empezó a imaginarse la vida de los transeúntes. Una mujer rubia que se dirigía a tomar el tren, discutía con alguien por el teléfono. Pensó que ella podría ser la directora del departamento de ventas de una empresa y le reclamaba a su asistente, su falta de responsabilidad para elaborar los reportes. Del otro lado, vio a un muchacho que cargaba en sus abrazos a su pequeña hija, mientras la madre le ajustaba el gorro a la niña. Los padres reían con el ímpetu de niños. Al ver eso, sacó una pequeña agenda y un lapicero que llevaba dentro del abrigo y empezó a escribir.

Otro mendigo, un anciano de unos setenta y cinco años, que lo veía a lo lejos sintió curiosidad al ver como escribía a toda prisa mientras miraba con cuidado a esa pequeña familia. Así que decidió acercarse y preguntarle que era aquello que escribía, pues los ojos le brillaban al hacerlo.

   ––¿Te importa si me siento a tu lado, muchacho?
El mendigo se limitó a mover la cabeza de izquierda a derecha. Tan sumergido estaba en lo que escribía, que no se tomó la molestia de responder o de voltear a ver a aquel anciano.
   ––No te había visto antes. ¿Eres nuevo por aquí?
   ––Llegué ayer en la noche ––dejó de escribir y lo miró–– Es mi primer día en la estación.
   ––He visto que escribes muy rápido ––dijo el anciano, mientras estiraba el cuello para ver lo que había escrito.
   ––Nada importante ––repuso Daniel, cerrando la agenda.
   ––Por la forma en la que escribías, diría que era importante. Al menos para ti. ––sonrió el anciano.
   ––Escribo una historia acerca de esa familia. La que camina del otro lado de la calle. ––señaló con el indice a la familia.
   ––¿Puedes escribir historias acerca de gente que no conoces? ––pregunto intrigado––. ¿Cómo sabes lo que piensan?
   ––Las historias de los cuentos, se parecen mucho a la poesía. Están en todo lugar, y sólo quien tiene ojos para verlas, las encuentra.
   ––Me llamo Robert. ––el anciano le tendió la mano sucia––
   ––Daniel. ––asintió con la cabeza y le dio un apretón de manos.

Las horas pasaban y con ellas decenas de ejecutivos y trabajadores de oficinas, quienes abordaban el tren durante todo el día. La mayoría, como era de esperarse los ignoraban. Los dos mendigos hablaron por horas, empezaron a hablar de su vida y se dieron cuenta que tenían muchas cosas en común. Daniel tenía 8 meses de vivir en la calle y el anciano diecisiete años. Robert le contó acerca de como los juegos de azar, el casino y la ruleta lo habían dejado en la calle. Pobre, miserable y lo que es peor sin familia. Al cabo de unas horas tuvieron hambre y Daniel estaba  tan emocionado de tener un nuevo amigo, que invitó al anciano a un café. Robert se lamentaba por las decisiones que había tomado, pero ya era tarde.

   ––¿Y tú, que fue lo que le hiciste exactamente a tu empresa, para que te dejaran en la calle?
   ––Es una larga historia, no creo que quieras oírla.
   ––¿Estás bromeando? ––preguntó Robert, sorprendido––. Tengo todo el tiempo del mundo, y lo que es mejor, ¡tú también!
   ––Espero no aburrirte, mi historia no es tan trágica como la tuya. Yo no deje ninguna familia. No tengo una.

Daniel le contó al anciano acerca de su trabajo. Le dijo que pertenecía a una gran editora de libros. Su trabajo consistía en diseñar las portadas de los nuevos libros que saldrían a la venta. A la Editorial llegaban muchos escritores novatos con la intención de que alguien mostrara interés en sus proyectos de escrituras y si tenían suerte lograr la impresión del libro. 

  ––Mi trabajo no tenía que ver con escribir, sino con los diseños. Pero siempre he anhelado escribir. Intenté durante dos años consecutivos, presenté distintos proyectos de escritura a la empresa. Pero todos fueron rechazados. A tal punto que mi jefe mató mi sueño de escribir. Deje de hacerlo y esa es la peor traición que he cometido conmigo mismo.
El anciano lo miraba detenidamente, tenía muchas dudas, pero no quería interrumpir a Daniel, pues estaba absorto narrando su propia historia, que decidió quedarse callado. Escuchando.

  ––Como no logré sobresalir en la escritura, me resigne a los diseños de portadas. Pero unos meses más tarde, tuve una gran idea. Entré a la bodega donde guardan todos los proyectos rechazados y robe algunos, no muchos. Únicamente ocho. Los leí en mi casa, estuve a punto de contarle a mi prometida mi plan. Pero sabía que aunque ella me apoyaba en mi proyecto, jamás estaría de acuerdo con el robo. Así que decidí hacerlo por mi propia cuenta. Leí todos los proyectos, unos más interesantes que otros. Entonces seleccione los  personajes más interesantes de esas novelas y los uní en un nuevo proyecto. El mío.

  ––¿Le robaste la historia a todos esos aspirantes a escritores? ––preguntó un poco consternado el anciano––.Me parece muy atrevido, pero incorrecto desde luego.
  ––No, de ninguna manera. Únicamente un personaje por historia. De igual manera, todas esas obras nunca serían publicadas. ––hizo una pausa, mientras miraba al suelo ––. Pero tienes razón. Eso fue lo que hice. Robar.

Ya eran cerca de las cinco de la tarde y Daniel seguía narrando su historia. La de la vida real. Le contó como logró armar el rompecabezas de personajes y unirlos a una nueva historia creada por él. La había presentado a otra casa editora, la cual la recibió con gusto. Cinco meses después, el libro era una realidad, se titulaba: La receta de Rosel. A Robert le pareció interesante el nombre, dado que todos los ingredientes de su novela eran robados. Toda la magia le duraría tres meses, pues al cabo de ese tiempo, Daniel fue descubierto y recibió numerosas demandas, que lo dejaron literalmente en la calle y lo que es peor, sin prometida.

El anciano se compadeció de él y trato de consolarlo, pues Daniel se encontraba en medio de las lagrimas al llegar al final de su relato. El último tren llegó alrededor de las cinco y media de la tarde. Ninguno de los mendigos había comido algo en todo el día, ya que el pan de la tarde habían sido sus propias historias y las lagrimas, el trago amargo de Daniel. Tenían hambre, pero ninguno de los dos se movía. Daniel con la cabeza entre las rodillas, se reprochaba así mismo sus errores. El anciano solo mantenía su mano derecha en la cabeza del muchacho. De pronto, se acercó a ellos. Se agachó un poco para dejar unas cuantas monedas y dos billetes en el sombrero de Daniel.

En ese momento, Daniel dejó de llorar. Esa fragancia era imposible de olvidar. Levantó rapidamente la cabeza y con la mirada todavía hacia al suelo siguió el trazo de ese aroma a azucenas. Cuando finalmente alzó la cabeza para verla, rompió a llorar, mientras el sol del atardecer cubría por completo la silueta de su antigua prometida, quien se alejaba y se perdía entre la multitud del tren. Ahora tendría suficiente dinero para comer, pero claro, a Daniel ya no le importa el dinero.


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Treinta nueve años han transcurrido desde aquella tarde. Robert murió dos años después. Daniel ha cambiado de ciudad, de plazas y de estaciones de tren un sin fin de veces. Los años le han teñido el pelo de blanco. Nunca se aparta de la pequeña agenda que lleva en la camisa. Ahora se dedica a contar los cuentos que escribe durante el día. Todas las noches hace una pequeña fogata y los niños que viven en los basureros se acercan a él para escuchar la magia del anciano de la calle.



























miércoles, 25 de septiembre de 2013

La Sombra -Completo-

Gracias por la espera.

 Acá está el cuento completo. Sugiero lo leas todo, por dos razones:
a) la primera parte fue publicada hace semana y media y es probable que hallas perdido el hilo de la historia
b) el cuento ha sido editado y esta es, espero, su versión final


Primera Parte (Editado)




1


Caminaba como dueña de la tierra. Sus pasos reflejaban la autoridad con la que se imponía. Entró con sus dos amigas al restaurante, el cual está ubicado en una de las plaza más ostentosas de la ciudad. Afuera hacía frío, el cielo despejado dejaba ver las estrellas. Él permanecía de pie, mirando hacia arriba las luces  del cielo, logró distinguir una, y aún con la mirada cansada, sonrió con tristeza. Era de color rojo escarlata, su destello era diminuto, pero intenso. Esa estrella, la de su color favorito, le recordaría siempre lo que él aspiró a ser y nunca logró.


Poco a poco las personas se daban cuentan que la estrella de Jazz cenaba en el  restaurante de ventanas grandes. Los curiosos se juntaron cerca de la fuente, la cual adornaba el centro de la plaza. Esperaban que la muchacha saliera y con un poco de suerte conseguir un autógrafo.

 Él, constantemente miraba a los lados, tratando de encontrar algún sospechoso. Muy cerca de la media noche y con ese frío punzante que se te mete por los huesos, el guardaespaldas empezó  a temblar. La época navideña es helada y de nubes ausentes. Abría y cerraba los puños constantemente, esa era la única forma que tenía de ejercitar los dedos antes de que el hielo le entumeciera los dedos. Las horas pasaron y cada vez había menos gente en la plaza. Le llamó la atención la pareja de enamorados sentada  al lado de la fuente. Estaban abrazados de manera envidiable, cubiertos con una pequeña frazada. Ambos tenían gorros y guantes en las manos. El muchacho le hablaba al oído y el rostro de su acompañante reposaba entre el cuello y el hombro del joven. Soportar el frío era ya difícil, pero verlos ahí, disfrutando de la noche mientras el calor de ambos los mantenía en armonía, hizo que esa escena fuera una tortura para él. No podía evitar pensar en su amada, en sus besos y el hogar que sus abrazos ofrecían. Le dolía el pecho, pero no de frío, sino de impotencia. Extrañaba hablar de música hasta el cansancio con su hijo. Su sonrisa le hacía falta y solo pudo recurrir al vago recuerdo de ella, pues hacía un mes no los veía. 

Los turnos de guardaespaldas son extensos, la paga no es mala, al menos es suficiente para sostener a su pequeña familia con algunas comodidades, pero el precio que él estaba pagando era enorme. De todos los guardaespaldas que la artista tenía, él era en quien más confiaba. Quizás porque era el único con el que ella podía hablar de música. Él entendía muy bien la diferencia entre ritmo y melodía, cosa que sus compañeros de trabajo ignoraban. De tal manera que su contrato le permitía un fin de semana libre cada mes. Los demás guardias tomaban turnos diurnos o nocturnos, pero él estaba con ella siempre. Así lo había querido la muchacha. Le inspiraba confianza, y por alguna razón ella creía que él entendía su música, o lo que transmitía con ella.

   ––De igual manera la gente seguirá comprando tus discos ––dijo con un tono despreocupado––. Lo importante es que cumplas con el contrato de la productora.
   ––Si, lo entiendo. Es la reacción de mis admiradores la que me preocupa. Siento que  este disco no sigue la línea de los anteriores.
   ––Ya te lo dije, eso no lo sabrás hasta el momento en que el disco salga a la venta. A mi parecer, el disco es perfecto. Quizás tan bueno como el anterior.

Salieron del restaurante y las amigas de Aby Sert se despidieron. Mario la escoltó hasta la camioneta que los esperaba fuera de la plaza. Durante el trayecto los tres permanecieron en silencio. Era raro, ella siempre hablaba por teléfono con alguien, pero esa noche solo miraba por la ventana. 


2



Se dirigió a su habitación y se cambió el traje de corbata por un sudadero, pantalón de lona azul, un gorro y guantes. En la parte trasera de la casa estaba guardada su motocicleta. Se puso el casco, vio el reloj, dio un suspiro de alivio y se dirigió a su hogar. Seguramente su esposa se habría dormido esperando como tenía por costumbre. Llegó cansado, intentó entrar de la forma más sigilosa que pudo, pero su esposa siempre lograba despertarse al escucharlo llegar. Se acercó a la cama y le dio un beso en la frente.

   ––Te hemos extrañado ––soltó un suspiro––. Dany compuso una nueva canción. Está ansioso por que la escuches.
   ––¡Eso es genial!. ––se sentó en la cama–– ¿Cómo es la canción?
   ––Ya sabes que no te diré. Eso estropearía la sorpresa que te ha preparado.
   ––Tienes razón, supongo que tendré que esperar hasta mañana. ––dijo de mala gana.
   ––Supongo que tendrás que esperar un par de horas. ¡Ya es sábado!

La esposa se quiso levantar para calentar la comida, pues apesar de ser las dos de la mañana, sabía que aquel hombre no había probado un bocado desde las cuatro de la tarde del día anterior, cuando tuvo tiempo de almorzar. Mario le dijo que no era necesario que se levantara. Ella insistió, él repitió las mismas palabras. Antes de calentar su cena, fue al cuarto de su hijo. Encendió la luz y parado en el lumbar de la puerta,  observaba todas las paredes del dormitorio. Estaban tapizadas con pósters de Charlie Parker, el saxofonista favorito de ambos. Se preguntó que tan distinto sería el nuevo disco de Abigail. En varias ocasiones habían hablado al respecto del disco. Él dio las recomendaciones que creyó pertinentes, pues después de todo, la música era el aire que respiraba.

Por la mañana Mario y su hijo salieron a correr como lo hacían de costumbre. 
Julio, de diecisiete años, se encontraba cursando el último año del colegio. Era un estudiante extraordinario. Había heredado el temperamento extrovertido de su madre, y su extraña  atracción por la música, de su padre. Quince días atrás Julio había sido uno de los nueve seleccionados por el director del establecimiento, para aplicar a una beca en Ciencias Económicas en la Universidad.Tenía uno de los mejores promedios ese año, y a pesar de ser un joven destacado en todas sus clases, especialmente las numéricas, él sentía que estaba destinado a tocar el saxofón que su padre dejó de tocar.

Corrieron por cuarenta y cinco minutos, y al llegar a la cima de la colina, el papá habló.

   ––Pensé que íbamos a mejorar nuestro tiempo.
   ––Yo lo habría hecho, de no ser por que tengo que llevar tu ritmo tan lento. ––le dio un pequeño empujón a su padre, mientras ambos reían.
   ––¿Ya estás preparado para el examen de la Universidad?.
   ––Sí. Pero tu sabes muy bien que ese no es el camino que quiero tomar.
   ––!No puedes desperdiciar la beca!
   ––!No puedo renunciar a mi sueño! La música es mi vida, y tú lo sabes muy bien. Es más, esta semana compuse una nueva canción.
   ––Eso me dijo tu madre ayer ––lo miró ansioso–– ya quiero que sea la hora de la cena para escucharla.
  
No era la primera vez que tenían conversaciones como esa. El guardaespaldas quería lo mejor para su hijo, pero sabía muy bien que vivir de la música no era fácil. Lo había intentado muchas veces antes que él naciera. A pesar de trabajar muy de cerca de una artista, se había dado cuenta que el talento por si solo no sería suficiente. Ni siquiera Aby Sert lo había podido ayudar, pues aunque lo había escuchado varias veces y había referido al muchacho con  un caza talentos, nada de esto había funcionado y después de dos años consecutivos de audiciones, Julio seguía soñando con la utopía de convertirse en lo que dos décadas atrás su padre soñaba ser. Una estrella de jazz. Si contar con la ayuda de ella fue en vano, ¿qué esperanzas tenía Julio?

Mario y su hijo siguen corriendo. Julio tomó una decisión y escogió el camino para el cual nació. No se conformará con nada menos que eso y su padre corre a su lado. Como una sombra. Cerca, muy cerca.









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